Política de mentes partidas

No sabemos qué es peor en Río de Janeiro: si la ciudad partida entre favela y asfalto o la política conducida por mentes partidas entre sociedad y partidos. Mentes partidas son las de los políticos que se orientan más por los intereses de los partidos (partido es siempre parte) que por los intereses generales de la sociedad. Lo que presenciamos en las últimas elecciones para prefecto de la ciudad fue el predominio soberano de la mente partidaria y la convicción ilusoria de que los graves problemas de la ciudad se resuelven a partir de la máquina del poder federal, estatal y local. Es la vieja fórmula que nunca ha funcionado: esperar las soluciones que vienen de arriba, de la articulación de los poderes públicos, dejando al margen la sociedad y el poder de la ciudadanía.

La gravedad de la crisis económica, política, sanitaria, educacional y de seguridad de la ciudad que un día fue «maravillosa» y llena de glamour exige una nueva forma de gobernar, una alternativa de poder. No puede ser más de lo mismo. Es decir, más poder de arriba hacia abajo, más articulación entre los partidos, más policía y más represión. La solución posible sólo puede venir de abajo hacia arriba. Vale decir, más poder en el pueblo, más implicación de las comunidades y de los movimientos, más participación de la ciudadanía. El estado debe realizar radicalmente su naturaleza y misión: ser la instancia delegada del poder popular, el articulador de las fuerzas sociales y políticas con vistas al bien de todos. El estado tiene que convencerse de que no puede estar encima ni de espaldas a los ciudadanos. Él es su servidor. La impresión que tenemos es que el pueblo cada cuatro años tiene el derecho de escoger a su dictador. Una vez elegido, el candidato hace una política de dictador, palaciega y solamente con sus pares. La centralidad no está ocupada por el pueblo. Generalmente se hace una política pobre para los pobres y rica para los ricos. Esta es la gran partición que profundiza el apartheid social vigente en la ciudad.
 
En las últimas elecciones asistimos a la confrontación de dos paradigmas políticos. Por un lado, Fernando Gabeira, venido de una larga experiencia en el exterior, líder del movimiento ecológico, de la democracia participativa, representante del pensamiento alternativo y de la política de la democracia sin fin. Inauguró una nueva forma de hacer campaña política en torno a unas promesas a las cuales fue siempre fiel: no ensuciar la ciudad con carteles de su imagen, transparencia en cuanto a los donantes de la campaña y nunca hacer acusaciones al adversario. El otro, Eduardo Paes, con la mayoría de los partidos que lo apoyaron, representaba la visión viejista y la confianza ingenua de que con las bendiciones y los gestos sumisos a los poderes de arriba —estatal y federal— tendría la llave de la solución para el drama político-social de la ciudad. Los métodos de campaña fueron los más tradicionales y reprobables: difamación, panfletos anónimos acusatorios y golpes bajos en los debates públicos.

La miopía de los partidos-parte, muchos de ellos de izquierda, impidió ver por donde pasaba lo nuevo, la alternativa posible  que podría crear un ejercicio de poder diferente, capaz de suscitar un horizonte de esperanza en la población y el encauzamiento de los complejas problemas de la ciudad.

No hay que minimizar la astucia política del gobernador, propia de una mente partida, de adelantar el festivo al lunes cuando las elecciones se iban a realizar el domingo. Él sabe del desinterés político de tantos que, en vez de votar, prefieren salir de la ciudad para descansar. Cerca de un millón de personas dejaron de acudir a las urnas. Ahí estarían seguramente los 54 mil votos que faltaron para la victoria de la propuesta alternativa de Gabeira. Bien comentaba un taxista indignado: «fuimos gobernados,  durante años, por un muchachito y ahora lo seremos por un chaval. Río merece un destino mejor

Sólo nos queda desear al nuevo prefecto que haga una administración que supere la partición social y devuelva a la ciudad la visión encantada de mundo que la hace ser maravillosa.