Seres de luz En la mayor parte de los pueblos existía el temor de que el sol tal vez pudiese ser tragado por las tinieblas y no volviera a nacer y a iluminar la Tierra y a cada uno de nosotros. Se crearon rituales y fiestas que celebraban la victoria del Sol sobre las tinieblas. Así, la fiesta romana del Sol Invictus, del «Sol Invencible», que posteriormente dio origen a la navidad cristiana, la fiesta del nacimiento de Dios encarnado, llamado «el Sol de Justicia». Las fiestas juninas con sus hogueras tienen tras ellas la experiencia del sol, pues se inaugura el solsticio (de invierno en el hemisferio Sur, de verano en el Norte). De hecho, es una imagen poderosa de Dios, como lo cantó san Francisco en su «Cántico al Hermano Sol». Ninguna metáfora de la divinidad es más poderosa que la de la luz y la del Sol. La experiencia misma de la luz hizo surgir la palabra Dios. Ésta deriva de la palabra di del sánscrito, que significa brillar e iluminar. De di viene «día» y «Dios», como expresión de una experiencia de luz y de iluminación. Como dice san Juan: «Dios es luz» (1Jn 1,5). Como dice san Pablo, «Él habita en una luz inaccesible» (1Tim 6,16). Jesús se autopresenta como luz: «Yo, la luz, he venido al mundo para que todo el que crea en mí no ande en las tinieblas» (Jn 12,46). El Verbo encarnado es «vida y luz de los seres humanos», «luz verdadera que ilumina a toda persona que viene a este mundo» (Jn 1.4.9). Con razón es presentado por eso como «la luz del mundo» (Jn 9,5). Los que siguen a Cristo como luz deben vivir «como hijos de la luz» (Ef 5,8). Y «el fruto de la luz es todo lo que es bueno, justo y verdadero» (Ef 5,9). Más aún, cada seguidor debe ser también «luz del mundo» (Mt 5,14). Como tan bien reza la liturgia de los funerales: «Que las almas de los fieles difuntos no caigan en las tinieblas, sino que el arcángel San Miguel las conduzca a la luz santa. Y brille sobre ellos la luz perpetua».
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