Indios, afrodescendientes y misión de la Iglesia Seguramente los obispos latinoamericanos reunidos en Aparecida, al abordar el tema central de la misión de la Iglesia, deben de haberse encontrado con la cuestión histórica aún no resuelta acerca de la forma como fueron tratados los indios y los afrodescendientes. El cristianismo en general se mostró siempre sensible al pobre, pero implacable y etnocéntrico frente a la alteridad cultural. El otro (el indígena y el negro) fue considerado el enemigo, el pagano, el infiel. Contra él se movieron « guerras justas » y a él se le leyó el requerimiento (un documento en latín en el cual se reconocía al rey como soberano y al papa como representante de Dios), que, en caso de no ser aceptado, legitimaba el sometimiento forzado. No debemos olvidar jamás que nuestra sociedad está asentada sobre una gran violencia, sobre el colonialismo que invadió nuestras tierras y nos obligó a hablar y a pensar en los moldes del otro, sobre el etnocidio indígena con su casi exterminación, sobre el esclavismo que redujo millones de personas a « piezas » , sobre la dependencia actual de los centros metropolitanos que dificulta nuestro camino autónomo y quiere disminuirnos hasta prescindir de nosotros. Las desigualdades sociales, las jerarquías discriminatorias y la falta de sentido del bien común se alimentan todavía hoy de este sustrato cultural perverso. Por eso hemos escuchado recientemente con espanto que la primera evangelización no fue una « imposición ni una alienación » y que sería « un retroceso y una involución » querer rescatar las religiones ancestrales. Ante esto no podemos dejar de escuchar la voz de las víctimas que resuena hasta nuestros días, testigos de la otra cara de la conquista, como la del profeta maya Chilam Balam de Chumayel : «¡ Ay! Entristezcámonos porque llegaron...vinieron a marchitar nuestras flores para que solamente viviese su flor...vinieron a castrar el sol » . Y sigue así su lamento: « Entre nosotros se introdujo la tristeza, se introdujo el cristianismo... Este fue el principio de nuestra miseria, el principio de nuestra esclavitud » . Según Oswald Splengler en La decadencia de Occidente , la invasión ibérica significó el mayor genocidio de la historia humana. La destrucción fue del orden del 90% de la población. De los 22 millones de aztecas que había en 1519 cuando Hernán Cortés penetró en México, en 1600 solamente quedaba un millón. Y los supervivientes, al decir de Jon Sobrino, teólogo censurado recientemente por el Vaticano, son pueblos crucificados, que cuelgan de una cruz. Misión de la iglesia es bajarlos de la cruz y hacerlos resucitar. Pero la esperanza de los indígenas no murió. En algunas comunidades andinas de los antiguos incas se celebra, de tiempo en tiempo, un ritual con gran significado: se amarra un cóndor, el águila de los Andes, al lomo de un toro bravío. Y delante de la multitud se traba una lucha feroz y dramática hasta que el cóndor con sus potentes picotazos extenúa y derriba al toro. Entonces, lo comen entre todos. Se trata de una metáfora: el toro es el colonizador español y el cóndor el inca del altiplano andino. Se realiza una inversión simbólica: el vencedor de ayer es el vencido de hoy. El sueño de la libertad triunfa, por lo menos simbólicamente. La misión de la Iglesia es de justicia, no de caridad: reforzar el rescate de las culturas antiguas con su alma que es la religión. Y luego establecer un diálogo en el que ambas se complementen, se purifiquen y se evangelicen mutuamente. |