Benedicto XVI, crítico de la cultura Lo que llevó a Benedicto XVI al supremo pontificado fue el hecho de ser un eminente doctor, no un conocido pastor. Representa al típico teólogo académico alemán, cuya facultad de teología, situada en el interior de la universidad del Estado es la primera entre todas las facultades, lo que le permite un discurso transversal, en permanente diálogo con otros saberes. Tal hecho confiere a la teología de estilo alemán un alto nível de criticidad y hasta la discreta arrogancia de ser la más profunda y filosofante de todas en la Iglesia, hasta el punto de que Lutero, ya en su tiempo, pudiese decir que «un doctor romano es un burro alemán». Como teólogo académico, Joseph Ratzinger se involucró activamente en las discusiones sobre la identidad europea y sobre los desafíos a la modernidad. En este campo donde se revela el alcance y también los límites de su fecunda producción intelectual. Normalmente los filósofos del conocimiento nos enseñan que la cabeza piensa a partir de donde pisan los pies y que cada punto de vista es la vista desde un punto. ¿Dónde pisan los pies del intelectual Ratzinger y que vista permite el punto donde está situado? Pisa indiscutiblemente el espacio cultural de Europa central, por tanto, a partir del grupo de países hegemónicos en el mundo, y su vista depende de ese punto a partir del cual ve el mundo y a la Iglesia. Ciertamente no mira desde la óptica de los pobres y oprimidos. Lo que pesa en su pensamiento es el lastre cultural formado en la escuela de San Agustín (+450) y de San Buenaventura(+1274), sobre los cuales escribió dos brillantes tesis. Ambos tienen esto en común: el mundo es una arena donde se enfrentan Dios y el diablo, la gracia y la naturaleza, la ciudad de Dios y la ciudad de los hombres. El pecado de los orígenes produjo una tragedia en la condición humana: ésta quedó en un estado tan decadente que no consigue redimirse por si misma ni producir una obra que agrade a Dios. Necesita un Redentor, Jesús, que es continuado por la Iglesia, dotada de todos los medios de salvación. Sin la mediación de la Iglesia, los valores culturales valen, pero no lo suficiente para salvar al ser humano y su historia. Lo mismo se aplica a la liberación de nuestra teología. Este tipo de teología lleva a una lectura pesimista de la cultura. Esto se percibe en la lectura que el teólogo Ratzinger hace de la modernidad. En ella ve, ante todo, arrogancia, relativismo, materialismo y ateismo, esfuerzo humano en busca de emancipación por sus propios medios. La misión de la Iglesia es desenmascarar esta pretensión, llevarle claridad de principios, seguridad en la oscuridad y verdades absolutamente válidas. Esta teología contiene mucho de verdad, pues efectivamente hay decadencia en la modernidad, pero ésta tampoco excluye a la Iglesia que está hecha de justos y pecadores. Por otra parte, importa ampliar el horizonte teológico. Es menester insertar junto con Cristo una teología del Espíritu Santo, prácticamente ausente en San Agustín y en el teólogo Ratzinger. Una teología del Espíritu permitiría ver en el mundo moderno, como lo hizo el Concilio Vaticano II (1965), grandes valores como los derechos humanos, la democracia, el trabajo, la ciencia y la técnica. Del anatema, la Iglesia pasaría al diálogo. Se asociaría a todos los seres humanos de buena voluntad para buscar una verdad más plena, pues el Verbo «ilumina a cada persona que viene a este mundo» y el «Espíritu llena la faz de la Tierra», como dicen las Escrituras judeocristianas.
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