Y la Tierra sonrió
Exactamente en el primer día del invierno, cuando ya comienza a refrescar y casi todas las hojas que debían caer cayeron ya, como las de mi arbolito de caqui, floreció completamente el cerezo japonés frente a mi ventana. Hace una semana noté que los brotes estaban surgiendo, después se desarrollaron con un color rojizo, y de repente, en una mañana, estaban casi todos abiertos. Por la tarde de ese mismo día, 21 de junio, inicio del invierno, se abrieron totalmente.
Para mí que procuro leer señales en las cosas, pues ellas tienen siempre otra cara y lo invisible es parte de lo visible, fue una revelación. Estoy aquí escribiendo sobre la nueva moralidad que urge vivir en medio del proceso de calentamiento global ya iniciado. Digo que si queremos salvar la biosfera y preservar nuestra Casa Común habitable para toda la comunidad de vida, tenemos que rescatar, antes de cualquier otra cosa, la dimensión del corazón y la razón sensible. Si no sentimos la Tierra como nuestra Gran Madre a la que debemos cuidar como hijas e hijos buenos y responsables serán insuficientes las necesarias iniciativas técnicas que tomarán las grandes empresas, los gobiernos, otras instituciones y las personas. Nacemos de la generosidad del cosmos y de la Tierra, que nos proporcionaron las condiciones esenciales para la vida y su evolución, y la misma generosidad será nuestra contrapartida.
Esta floración del cerezo japonés que ocurre una sola vez al año es una señal que la propia tierra gratuitamente nos da. Ella nos está diciendo: « aunque caigan todas las hojas, aunque las ramas parezcan resecas durante casi todo el año, aunque duden si estoy muerto o estoy todavía vivo, de repente, yo me atrevo a revelar el misterio que escondo: la capacidad de regeneración y el deseo de sonreír alegremente, de irradiar belleza y provocar éxtasis » .
Algo semejante debe ocurrir con la crisis ecológica y con las amenazas que pesan sobre el destino futuro de la biosfera y de la vida humana. Estimo que no se trata de una tragedia cuyo fin sería funesto, sino de una crisis cuyo término es un nuevo estado de salud y de conciencia, más vigoroso y más alto. Lógicamente depende de nosotros transformar los síntomas de tragedia en señales de crisis acrisoladora. Y lo haremos, pues el instinto básico, ya lo reconocía Freud, no es el de muerte sino el de vida, aunque pasando por la muerte. La vida irrumpió en la Tierra hace 3,8 miles de millones de años, pasó por muchas diezmaciones, pero nunca fueron terminales. Fueron crisis que crearon oportunidades para la emergencia de formas más complejas de vida. La vida está llamada a más vida. Esa es la flecha de la evolución y la dinámica del universo.
Las flores del cerezo japonés significan la sonrisa radiante de la Tierra cuando menos se esperaba de ella, pues el invierno es tiempo de recogimiento y de retirada sostenible para recobrar fuerzas vitales que después irrumpirán victoriosas y deslumbrantes. La Madre Tierra nos quiere trasmitir un mensaje: « a pesar de todas las agresiones que sufro, de mi respiración cansada debido a la contaminación atmosférica, no obstante la sangre de mi cuerpo contaminada y los pies llagados por causa de los venenos, aún así, tengo energía vital escondida. No es infinita, pero es suficientemente poderosa para resistir, para regenerarse y para volver a sonreír. Por piedad filial, denme solamente un poco de tiempo para descansar y un gesto de amor y cuidado para fortalecerme » .
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