¿Maldición sobre nuestra generación? Hay una contradicción que afecta a todos los países del mundo y que, si persiste, puede llevarnos a un desastre civilizatorio generalizado. La contradicción reside en esto: todos los países necesitan crecer anualmente. El crecimiento es fundamentalmente económico y se expresa en el Producto Interno Bruto (PIB). Este crecimiento produce una alta tasa de iniquidad social (desempleo y recorte de los salarios) y una perversa devastación ambiental (agotamiento de los ecosistemas). Hace bastante tiempo que el equilibrio entre crecimiento y conservación del ambiente se rompió a favor del crecimiento. El consumo ya supera en un 25% la capacidad de regeneración del planeta. Según el PNUD si quisiéramos universalizar el bienestar de los países industrializados nos haría falta disponer de otros tres planetas como la Tierra, lo que es absurdo. Sabemos hoy que la Tierra es un sistema vivo autorregulador, en el que lo físico, lo químico, lo biológico y lo humano se entrelazan (teoría de Gaia). Pero su autorregulación está fallando. De ahí, los cambios climáticos y el calentamiento global que prueban que ya estamos profundamente inmersos en la crisis. La Tierra podrá buscar un equilibrio nuevo aumentando su temperatura entre 1,4 y 5,8 grados centígrados. Comenzaría entonces la era de las grandes devastaciones con la subida del nivel de los océanos afectando a más de la mitad de la humanidad que vive en sus costas. Millares de organismos que hoy viven allí no tendrían tiempo suficiente para adaptarse y morirían. Gran parte de la humanidad, hasta el 80% según algunos, podría no ser capaz de subsistir. Con razón afirmaba Washington Novaes, uno de los periodistas que mejor sigue las cuestiones ecológicas en Brasil: «ahora ya no se trata de cuidar del medio ambiente sino de no sobrepasar los límites que podrán poner en peligro la vida». Muchos científicos sostienen que nos acercamos ya al punto de no retorno. Podemos disminuir la velocidad del proceso, pero no detenerlo. Esta cuestión debería preocupar a los gobiernos, en especial al nuestro que propone el crecimiento como meta principal. En su discurso, el Presidente Lula no dijo ni una sola palabra sobre la cuestión ambiental. Si no toma en cuenta los datos expuestos más arriba, las tasas alcanzadas podrían perderse totalmente en dos o tres generaciones. Nuestros hijos y nietos maldecirán nuestra generación que sabía de las amenazas y poco o nada hizo para escapar de la tragedia anunciada. El error de todos fue seguir al pie de la letra el consejo de Lord Keynes para salir de la gran depresión de los años treinta: «Durante cien años por lo menos debemos simular ante nosotros mismos y ante cada uno que lo bello es sucio y que lo sucio es bello, porque lo sucio es útil y lo bello no lo es. La avaricia, la usura, la desconfianza deben ser nuestros "dioses" porque ellas son las que podrán guiarnos hacia fuera del túnel de la necesidad económica rumbo a la claridad del día... Después vendrá el retorno a alguno de los principios más seguros y ciertos de la religión y de la virtud tradicional: que la avaricia es un vicio, que la exacción de la usura es un crimen, y que el amor al dinero es detestable» ( Economic Possibilities of our Grand-Children ). Sólo que ese retorno no se está dando, sino que más bien se está distanciando. Porque escogemos medios malos para fines buenos hemos llegado a donde hemos llegado. O redefinimos otros fines más altos que el simple producir y consumir, o deberemos aceptar un destino trágico. Remiendos no son remedios.
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