En la piel de los jugadores

Solamente quien ha pasado por situaciones análogas a las de nuestros jugadores de fútbol puede hacerse una idea de la terrible presión psicológica por la que están pasando. De repente son el foco de todas las atenciones nacionales e internacionales, cazados por los periodistas y perseguidos por los fotógrafos. Hay siempre el peligro de que la notoriedad sea internalizada como una cuenta que hay que pagar. Los jugadores se sienten en la obligación de probar que la imagen que el público se forma de ellos corresponde a la realidad.

El filósofo F. Nietzsche se preguntó si podría haber algún burro trágico y respondió: sí, trágico es el burro que cayó bajo el peso de su carga y por su causa   no consigue volverse a levantar. Lejos de mi considerar a nuestros jugadores burros (burro sería yo), pero veo que su situación es semejante a la del burro de Nietzsche. De ahí se entienden los temores y las indisposiciones sin causa aparente funcionando como verdaderos superegos castradores de su espontaneidad y de su creatividad.

Pero lo peor que puede pasar es la identificación entre la persona y la imagen. Una cosa es la persona, con la conciencia de sus límites y, en el fondo, con la percepción de su fragilidad humana y de su miserabilidad, como se ha visto en algunas celebridades futbolísticas, y otra cosa es la imagen del « rey del fútbol » , del « fenómeno » o del « mejor jugador del mundo » . ¿Quién puede garantizar la verdad de estas afirmaciones? Sólo Dios mismo, pues nuestras apreciaciones son humanas y, por eso, subjetivas y muchas veces discutibles.  

Sabio es el entrenador que recuerda estas verdades a los jugadores para garantizarles su salud psicológica. Desgraciado el jugador que crea y se identifique con tales títulos. Ese está condenado a tener que representar continuamente. Sabemos que persona e imagen nunca se superponen totalmente. Si el jugador no es autocrítico, se traba dentro de él una lucha entre su imagen personal interior y la imagen exaltada que hacen de él. La imagen interior, por ser verdadera, habla más alto y quiere ser oída. Si no es escuchada, el jugador será castigado con inseguridades y con temores.  

Entonces salen a relucir las exigencias internalizadas que pueden desestructurarlo: Ay de Ronaldo, si no consigue ser el mejor del mundo en cada partido. Inmediatamente se inventan mil y una explicaciones. Ay de Ronaldinho Gaúcho, si no muestra su juego alegre y endiablado. Pobre de Robinho, si no consigue hacer los famosos regates y no se muestra como un diablillo incontrolable en el campo. Y así una y otra vez

¿Cómo salir de este impasse? No lo sé, pero veo un camino en el esfuerzo del jugador por ser él mismo y asumirse tal como es. Para eso tiene que tener autonomía interior y un fuerte diálogo con su yo profundo. Esta actitud libera las energías que lo hacen un excelente y hasta un genial jugador. Hay todavía una clave secreta que oí a una joven y excepcional actriz de cine y televisión, sensible al mundo espiritual. Decía: estudio mi papel y me preparo lo mejor que puedo, pero cuando entro en escena voy como quien va a representar para Dios y lo hago por amor a Él. Olvido las expectativas humanas. A cambio consigo una indescriptible libertad interior. Tal vez los jugadores no tengan semejante intimidad con Dios, aunque siempre se persignan, pero dedican lo mejor de lo que hacen a los representantes simbólicos de Dios, que son la esposa, la madre, el padre, los hermanos.

La Iglesia antigua llamaba a Dios ludens , un gran jugador que creó el universo para su propia diversión y a nosotros para participar en ella. ¿Una de las formas no será el fútbol?