¿Tiene Dios un cubo de la basura? Hoy día está en boga el interés por los apócrifos, aquellos evangelios no oficiales que tienen más que ver más con la fantasía que con la historia. Pero la fantasía también tiene sus derechos. De ahí que sean históricamente significativos, porque muestran la vida cotidiana de Jesús y de sus compañeros. Vamos a transcribir un trecho del apócrifo del siglo IX, muy popular en la piedad rusa, llamado El Apocalipsis de la Madre del Señor . Es conmovedor. Muestra el triunfo de la misericordia divina sobre la justicia. Relativiza la perennidad del infierno. Helo aquí: La santa y gloriosísima Señora, madre de Dios y madre de Cristo se levantó, quiso saber de todas las penas e intercedió por los condenados. Preguntó al arcángel Miguel: «¿Cuántas penas existen donde se castiga al género humano?» Él respondió: «Las penas no tienen número». El arcángel abrió el infierno por el lado occidental y la santísima madre de Cristo vio las muchas penas de los seres humanos; llantos de muchos tormentos . Desde el lugar de las penas los condenados exclamaron a voz en grito: «Hace siglos que no vemos la luz, pero ahora te vemos a ti que diste a luz al Señor». Los ángeles a su vez clamaron: «Alégrate, Virgen, luz que nunca se apaga. Alégrate también tú, arcángel Miguel, justo intercesor por las almas de todos». Los ángeles vieron a los condenados y lloraron. La honorabilísima Madre del Señor vio el lamento de los ángeles por los condenados. Y lloró. Nuevamente los condenados gritaron: «Bendita eres tú entre nosotros que estamos en las tinieblas por toda la eternidad». La Santísima Madre dijo al arcángel Miguel: «Di a los ángeles que me lleven ante el Padre invisible». Entonces vinieron los querubines y los serafines y la llevaron ante el Padre invisible. Y ella extendió sus manos delante del trono terrible y dirigió los ojos hacia su hijo, Señor del cielo y de la tierra. Suplicó: «¡Ten piedad, oh Señor, de los cristianos!. Vi tormentos imposibles de ser soportados. Yo quiero sufrir con ellos ». Cristo respondió: «¿Cómo podría tener piedad de ellos cuando ellos no tuvieron piedad de mis hermanas y hermanos más pequeños, los pobres?» A pesar de eso, la honorabilísima suplicó: «Aun así, ayúdame, oh Señor». Y el Hijo le respondió: «No hay en la tierra un sólo hombre que me invoque y yo no le escuche; pero éstos no quisieron invocar mi nombre». Y la virgen María se volvió hacia los ángeles y santos y justos del Reino, hacia todos los que tienen la audacia de pedir por los condenados. Y el arcángel Miguel invitó a todos y él mismo se arrodilló, seguido por los ángeles y por toda la corte de santos y santas, con gran caridad. Y dijo la radiante Madre a su Hijo: "Hijo mío amadísimo, desciende de tu trono y atiende la oración por los condenados". Y el Hijo del Padre, Cristo Señor, descendió de su trono. Al verle, los atormentados gritaron en alta voz: «Ten piedad de nosotros, Hijo de Dios». Y entonces el Señor dijo: «Escuchad todos. Por la piedad de mi madre y por la oración de los ángeles y los santos, a partir de mi resurrección en el día de pascua hasta el domingo de todos los santos habitaréis en el paraíso. Después volveréis al tormento». Y todos los santos y santas glorificaron a Dios, quedando a la expectativa de la fiesta de la resurrección del Señor. Esta narración insinúa la victoria, por lo menos parcial, de la misericordia (religión de la madre) sobre la justicia (religión del padre). Dios-Madre no podría tener un cubo de la basura eterno donde echar a los que se malograron. Sería una derrota para Dios-Madre. Corresponde a su naturaleza perdonar y reconducir a todos a su seno bienaventurado. |