La construcción continuada de la paz

Inauguramos el nuevo año con la esperanza de un recomienzo del gobierno Lula, más experimentado y con sentido de responsabilidad socioambiental en el proyecto macroeconómico. Pero también en un sombrío escenario mundial de guerras y amenazas contra el ambiente debido al calentamiento global. ¿Cómo construir la paz en un contexto tan adverso? Seguramente necesitamos superar el viejo paradigma todavía dominante, cuyas raíces se encuentran en la cultura patriarcal. Su eje estructurador es la voluntad de poder-dominación.

Ese poder, bien representado por Alejandro Magno, tiene como paradigma la conquista. Se trata de un proyecto ambicioso y prometeico de conquistar el mundo entero, someter pueblos y dominar la naturaleza. Este proyecto no conoce límites: penetró en el corazón de la materia e invadió el espacio sagrado de la vida.

Es radicalmente antropocéntrico: sólo cuenta el ser humano en guerra contra la naturaleza. No es de extrañar que, en su afán conquistador, haya construido el principio de autodestrucción: una máquina de muerte capaz de destruirlo, por decenas de formas diferentes, a él mismo --ese es su carácter suicida-- y de dañar gran parte de la biosfera.

La voluntad de poder-dominación creó el ejército, la guerra, la forma actual del Estado, la modernidad científico-técnica y la globalización. Sin ningún freno, ¿hacia dónde nos llevará? Ciertamente no al reino de la libertad, de los derechos, de la cooperación y del respeto. ¿Qué paz podemos esperar?

La paz sólo es posible como obra de la justicia. Ninguna sociedad tendrá futuro construida sobre una injusticia estructural e histórica como la nuestra. Lo básico de la idea de la justicia es esta afirmación «verdadera declaración de amor a la humanidad»: a cada uno, según sus necesidades (físicas, psicológicas, culturales y espirituales) y de cada uno, según sus capacidades (físicas, intelectuales y morales). En este sentido la justicia presupone la igual dignidad de todos y la búsqueda del bien común definido por el Papa Juan XXIII en su encíclica Pacem in Terris (1963) como «el conjunto de condiciones de la vida social que permiten y favorecen el desarrollo integral de la persona humana».

Si no reconstruimos las relaciones para que sean más justas, igualitarias e incluyentes, estaremos condenados a convivir con conflictos y guerras. La paz exige reparaciones históricas y políticas compensatorias que los dominadores históricos se niegan a realizar.

Esta paz tiene su fundamento en la misma naturaleza del ser humano. Si por un lado existe en él la voluntad de poder, también existe la voluntad de convivir. Al lado del paradigma Alejandro Magno, existe el paradigma Francisco de Asís y Gandhi, del cuidado y del espíritu de hermandad universal con todos los seres del universo. El ser humano puede ser cooperativo con sus semejantes haciéndolos aliados, amigos, hermanos y hermanas. Existen todavía hoy culturas para las que es posible un trato humano y fraterno entre las personas y los ciudadanos. En ellas las tensiones y los conflictos naturales se resuelven por el diálogo, por la negociación, y por la capacidad de cada uno para asumir compromisos que lo responsabilizan y lo comprometen con todos los demás. Dar primacía al paradigma del cuidado, y mantener bajo estrecha vigilancia el de la conquista, hace posible la concordia entre las personas y en la sociedad mundial.

Traducción de MªJosé Gavito