| Terror y solidaridad La masacre de Madrid puede ser leída como una página de antropología concreta, dramática y trágica. Nos revela quienes somos. Somos seres capaces de salvajismo y de barbarie, demostradas antes en los atentados del 11 de septiembre en Estados Unidos y, ahora, en Madrid. Y simultáneamente somos seres de solidaridad, revelada de maravilla en el momento mismo del atentado de Madrid, pues toda España se solidarizó con las víctimas y se movilizó a socorrerlas. Los que mataban y los que socorrían eran seres humanos. Somos la coexistencia de una cosa y la otra. La sabiduría cristiana siempre ha afirmado que la contradicción atraviesa el corazón humano. Por eso “somos simultáneamente Adán y Cristo”, ángeles y demonios, sim-bólicos y dia-bólicos. Así es la condición humana, dramática y trágica. Dramática, si logra mantener el difícil equilibrio entre estos dos polos. Trágica, cuando permitimos la irrupción de lo demoníaco. ¿Quién vence, Adán o Cristo, el drama o la tragedia? Hay dos opciones posibles y ambas son profundamente humanas. La primera dice: la historia nos ha mostrado que la fraternidad nunca ha sido duradera y que las sociedades siempre se han organizado mediante relaciones de fuerza y de dominación. Levantamos la mirada al cielo en busca de un poco de esperanza pero la vista de los cadáveres destrozados y los lamentos de las víctimas nos impiden oír y ver una respuesta que nos ilumine. La indiferencia, el cinismo y el sentido de tragedia universal son reacciones humanas comprensibles, pues la base es real. Por eso merecen respeto. La segunda dice: en medio de la tragedia siempre hay una mano tendida, un gesto que salva, un toque de piel que devuelve la confianza. Lo que conmovió al mundo fue la solidaridad del pueblo español, solidaridad que superó la justa rabia y el deseo de venganza. Hacer justicia y castigar, sí, pero no pagar odio con otro odio más fuerte, a la Bush. Estos buscan trasformar la tragedia en drama humano, las relaciones de destrucción en tensión fraterna constructiva. Es decir, creen que es posible otro tipo de relación con el otro, con la naturaleza y con el futuro. El Adán decadente siempre estará ahí, pero el Cristo libertador que también somos, va ganando hegemonía y asegurando que el futuro está en esta dirección y no en la otra. ¿Quién ganará? Humildemente y con temor confiamos en que la solidaridad tenga más futuro que la barbarie. Sin esa solidaridad tal vez no hubiésemos dado el salto de la animalidad a la humanidad ni habríamos llegado a los días de hoy. El remedio a nuestra demencia sólo puede venir de una manera distinta de mirar al otro. Él tiene existencia propia y merece una mirada de respeto y acogida. En vez de dominarlo, subordinarlo o discriminarlo podemos establecer con él una verdadera comunión fraterna. Podemos sentirnos en el mismo suelo que él. Libres de todo deseo de dominación, viviendo una humildad original, con la concencia de que el mismo húmus (de donde viene humildad) que está en él está también en nosotros. Y que en todos existe siempre un fondo de bondad. Las religiones siempre han situado el cielo en el más allá. Hay que colocarlo en el más acá, pues comienza aquí como proceso de construcción tenaz del esfuerzo humano, secundado por la fuerza divina. Sólo al final de la historia será completo. Y entonces Dios y nostros podremos mirar hacia atrás y proclamar: “todo era bueno”. |