| El filósofo y los pobres El fallecimiento del filósofo Norberto Bobbio renovó en mí el feliz recuerdo de dos encuentros que tuve con él en Turín y al mismo tiempo me invadió un enorme sentimiento de gratitud por lo que nos ayudó a entender de la democracia. En medio del conflicto que envolvía a la teología de la liberación en los años 80 y 90, fue Bobbio de los pocos pensadores europeos que, de inmediato, comprendieron la relevancia de esta teología para una democracia como valor universal a ser vivida a partir de la base y de los últimos. Captó la relevancia política de las comunidades eclesiales de base y de la lectura popular de la Biblia, que no sólo crean cristianos militantes sino también agentes de transformación social. En razón de estos valores, quiso honrar esta significación política, haciendo que la Università degli Studi de Turín, de la que era profesor eminente, me concediese, en nombre de tantos, el título de doctor honoris causa en política, que tuvo lugar el 27 de noviembre de 1991. Recuerdo que el Vaticano y el cardenal de Turín presionaron a las autoridades de la universidad para que no concediesen ese título a un teólogo ''maldito'' como yo. El profesor Bobbio protestó con vehemencia e hizo valer la autonomía de la universidad. En esa ocasión conversamos largamente, el día antes y el día después de la ceremonia, cuando participé de un debate público en una de las salas de la ciudad. Agudo, fue a la médula de la cuestión que nos interesaba a él y a mí: el sentido singular que nosotros, teólogos de la liberación, dábamos a los pobres. La mayoría tiene dificultad en entender eso y él lo había captado en su diferencia específica. Tres comprensiones del pobre circulan todavía hoy en el debate, también cuando nos referimos a Hambre Cero. La primera, tradicional, entiende al pobre como aquel que no tiene. La estrategia entonces es movilizar a quien tiene para ayudar a quien no tiene. En nombre de esto se organizó, durante siglos, una vasta asistencia. Es una política beneficente pero no participativa. No descubrió aún el potencial de los pobres. La segunda, la moderna, descubrió el potencial de los pobres y captó que no era utilizado. Mediante la educación y la profesionalización se utiliza y se potencializa, insertándolos así en el proceso productivo. La tarea del Estado es crear puestos de trabajo para estos pobres sociales. La lectura tradicional ve al pobre pero no percibe su carácter colectivo. La moderna, descubre su carácter colectivo pero no capta su carácter conflictivo. El pobre es resultado de mecanismos de explotación que lo hacen empobrecido, generando así un grave conflicto social. Previamente a su integración en el proceso productivo vigente, debería hacerse una crítica del tipo de sociedad que siempre produce y reproduce pobres y excluidos. La tercera posición, la de la teología de la liberación, dice: los pobres tienen, sí, potencialidades. No sólo para engrosar la fuerza de trabajo, sino principalmente para transformar el sistema social. Los pobres, concientizados, organizados por sí mismos y articulados con otros aliados, pueden ser constructores de una democracia participativa, económica y social. Esta perspectiva no es ni asistencialista ni progresista. Es libertadora. Al convergir en nuestras ideas, los ojos cansados del maestro brillaban como los de un niño. Y yo me sentía feliz: el ''papa'' de la política me quitaba el exorcismo de ''maldito''. |