La Pasión de Cristo

La película la Pasión de Cristo de Mel Gibson no es la Pasión de Cristo. Es la Pasión de Mel Gibson por la sangre, los latigazos, la tortura y la cruz a propósito de la crucifixión de Jesús. La forma de dramatización escogida poco tiene que ver con los relatos evangélicos de la Pasión, y mucho con el espectáculo y el simulacro, tan al gusto de la cultura de comunicación de masas. La película es tan excesiva y aturdidora que el efecto final es: “no puede ser, sencillamente es demasiado". El problema no es tanto la secuencia ininterrumpida de violencia sino la capacidad de Jesús de soportar todo aquello sin morir por lo menos en varias oportunidades. Todo sufrimento posee una dignidad innegable, pero cuando es artificialmente provocado se vuelve grotesco y repulsivo. Es el dolor por el dolor, la sangre por la sangre, la cruz por la cruz. En una palabra, es dolorismo y sadismo. Eso no es humano ni divino. Nos negamos a creer en un Dios que exija tal precio para redimir a la humanidad. Pero ese Dios no es el Dios de Jesús, es el Dios de Mel Gibson. No se hace merecedor de respeto y adoración. Aquí está el talón de Aquiles de su película: la imagen de Dios, cruel y sanguinario.

La obsesión por el dolor y por la sangre contamina a todos los personajes y al mismo Cristo. En ningún momento se despega de la cruz. No es Simón el Cirineo quien ayuda a Jesús a cargar la cruz, es Jesús quien ayuda a Simón Cirineo. El climax de la obsesión se alcanza cuando Jesús se arrastra por sí mismo hasta la cruz para que lo claven en ella. Las dos caídas de la cruz con él clavado son inverosímiles y de una crueldad insoportable.

Todo lo que está sano puede enfermarse. Aquí nos enfrentamos a una versión enfermiza de la Pasión de Cristo, lejos de la versión contenida y digna de los cuatro evangelistas. Ellos sí dicen que fue abofeteado, escarnecido, desnudado, flagelado y coronado de espinas, pero nada tan excesivamente cruel y sin piedad como en Mel Gibson. Los cuatro evangelistas con extrema objetividad afirman:"después de haberlo escarnecido y haberse divertido con él, lo llevaron afuera para crucificarlo.”

La película se afilia a una de las varias interpretaciones de la pasión de Cristo, la del sacrificio cruento, que prevalecía en la liturgia de las iglesias y después fue elaborada teológicamente por San Anselmo(+1109). En su famoso libro "Por qué Dios se hizo hombre" afirma: se hizo hombre para poder sufrir y derramar su sangre y así expiar la ofensa hecha a Dios por la humanidad. Siniestramente dice que Dios encuentra hasta hermosa la muerte de cruz porque así aplaca su hambre de justicia. Esta visión gibsoniana es errónea pues destruye la imagen que Jesús nos legó de Dios, como Padre de infinita ternura. El Padre no quiso la muerte de Jesús; quiso, sí, su fidelidad hasta el fin, aunque eso implicase la muerte. Sólo son dignas la cruz y la muerte cuando son consecuencia de la lucha contra la cruz y la muerte impuestas a las personas y cuando expresan solidaridad con los crucificados.

Seguramente muchas personas querrán profundizar las cuestiones suscitadas por la película de Mel Gibson. Recomiendo mi libro "Pasión de Cristo, pasión del mundo: hechos, intepretaciones y significado ayer y hoy (Indo-American Press, Bogotá y Sal Terrae, Santander). Debe de estar bien, pues, una vez traducido, ganó en Estados Unidos el premio al libro religioso del año (1978) y la Congregación para la Doctrina de la Fe, la ex-Inquisición, lo analizó y me obligó a un largo proceso explicativo.

Es importante no aislar la Pasión de Jesús de su vida y de su compromiso. Ahí adquiere su sentido, y en comunión con la Pasión dolorosa del mundo.