| Pasión del mundo La película de Mel Gibson, Pasión de Cristo, no debe dejar la impresión de que sólo Jesús cargó la cruz y fue sometido a los peores tormentos. Su pasión se inscribe al interior de la pasión dolorosa del mundo y su sentido más profundo reside en su solidaridad con todos los crucificados de la historia. Existe una misteriosa pasión del mundo, desafío a cualquier esfuerzo de comprensión. El proceso evolutivo especialmente en el ámbito de la vida está estigmatizado por incontables sufrimientos. A nivel humano puede llegar a expresiones de barbarie. El sufrimiento nos acompaña en todo, incluso en nuestros éxitos. Los antiguos nos legaron esta sentencia: “la vida no da nada a los mortales sino al precio de mucho trabajo”. Lo que claramente implica considerables sacrificios. En verdad todos cargamos con alguna cruz a cuestas o en el corazón. A veces la cruz del corazón sangra más que la cruz que llevamos a cuestas. Fue la cruz que también sintió Jesús cuando en el paroxismo del dolor, en lo alto de la cruz, lanzó este grito desesperado:"Padre, ¿por qué me has abandonado"? San Juan de la Cruz, autor de la “Noche oscura” llama a esta cruz: noche del espíritu terrible y temible. Lo es porque ataca la última reserva humana: la esperanza. Jesús pasó por esta cruz terrible, interior, del alma en su última soledad, pero no sucumbió a ella porque su última palabra fue: "Padre, en tus manos entrego mi espíritu". Nos conmovemos con la pasión sangrienta de Jesús, pero no hacemos lo mismo con la pasión dolorosísima de los crucificados de la historia. Hay pueblos crucificados, como los negros y los indígenas, que llevan siglos cargando su cruz, tal vez con más estaciones que las del Hijo del Hombre. Millones y millones de trabajadores continúan siendo crucificados con salarios de hambre y en condiciones higiénicas que producen la muerte de cuarenta millones de ellos al año. Incontables personas penan bajo la cruz de la discriminación por ser mujeres, pobres, enfermos, homosexuales, portadores de sida y de otras formas de crucificación social. Abogados valientes, jueces osados, periodistas intrépidos son difamados, perseguidos, secuestrados, teniendo que cargar pesadas cruces sobre sí y sobre sus familias y a veces son asesinados bárbaramente por comprometerse en la lucha contra las mafias de la corrupción, de las drogas, de la prostitución infantil, del tráfico de armas. Esta cruz es digna, y sufrir con ella es honroso. Jesús en su predicación y en su práctica privilegió a todos estos llamándolos bienaventurados. Su proyecto religioso y social era aliviar las cruces de la vida y crear un mundo donde nadie pusiera cruces sobre la espalda de los otros. Entendió que ese es el proyecto de Dios, llamado por él Reino de los cielos. Pero conoció el destino de tantos otros antes de él: la difamación y la liquidación física en la forma más cruel del tiempo, que era la crucifixión. La muerte de Jesús es consecuencia de su vida y de su práctica. No es un drama suprahistórico, una apuesta entre Dios y el demonio, que excluye las responsabilidades humanas: de Judas que lo traicionó, de las autoridades que le montaron un doble proceso, religioso y político, y del pueblo enardecido. Si quería ser fiel a sí mismo, al Dios cuyo reino anuncia y a las personas en las que había suscitado esperanzas radicales, Jesús, en condiciones de rechazo, no tenía más alternativa que ir hasta el fin y contar con la muerte. Las palabras "tenía que morir" y "era necesario que padeciese" son expresión de su fidelidad radical. Hay momentos para nosotros y para Jesús en que solamente la aceptación del sacrificio de la vida hace justicia a la vida. La pasión del mundo y la pasión de Jesús se transforman entonces en renovación y en resurrección. La resurrección es siempre la resurrección del crucificado y representa la victoria sobre el sufrimiento injusto y absurdo. Más vale la gloria de una muerte violenta que el gozo de una libertad maldita. |