La justa medida que nos falta

La cultura imperante es excesiva en todo. No tiene el sentido de la autolimitación ni el sentido de la justa medida. Por eso está en crisis, peligrosa para su propio futuro. ¿Cuál será la justa medida que preserve el capital natural y la supervivencia?, es el desafío. La justa medida es el óptimo relativo, el equilibrio entre el más y el menos. Por un lado sentimos la medida negativamente, como límite a nuestras pretensiones. De ahí nace el deseo y hasta el placer de violar el límite. Por el otro, sentimos la medida positivamente, como la capacidad de usar las potencialidades de forma moderada para que duren más. Y eso solamente es posible cuando se encuentra la justa medida.

Las culturas de la cuenca mediterránea, de donde venimos, egipcia, griega, latina y hebrea, siempre han postulado la búsqueda de la justa medida. Esa era y es también la preocupación central del budismo y de la filosofía ecológica china del Feng-Shui. Para todas ellas, el símbolo mayor era la balanza y las respectivas divinidades femeninas, tutoras de la justa medida.

La diosa Maat de los egipcios cuidaba de que todo fluyese equilibradamente. Pero los sabios egipcios pronto entendieron que la justa medida exterior sólo se alcanza a partir de la justa medida interior. Sin la convergencia de la Maat interior con la exterior perdemos la justa medida, es decir, el equilibrio, y nos mostramos destructivos.

Una de las características fundamentales de la cultura griega fue la búsqueda insaciable de la medida en todo ("métron"). Es clásica la expresión "méden ágan", "nada en exceso". La diosa Némesis, venerada por griegos y latinos, representaba la justa medida en el orden divino y humano. Todos los que osasen sobrepasar la medida propia (llamada “hybris”= autoafirmación arrogante) eran inmediatamente fulminados por Némesis, como los campeones olímpicos que, tal como en los días actuales, se dejaban endiosar por sus admiradores, o los filósofos y los artistas que permitían la excesiva exaltación de su vida y obras.

La Biblia judeocristiana funda la medida justa en el reconocimiento del límite intraspasable entre Creador y criatura. La criatura jamás será como Dios. Eso era lo que pretendían nuestros antepasados en el paraíso terrenal e imaginaban que lo conseguirían si comían del fruto prohibido. Lo comieron, traspasaron el límite impuesto, no se volvieron Dios y fueron expulsados del paraíso. Pecado es rechazar el límite, es no reconocer la condición de criatura. El imperativo de la justa medida permaneció, a pesar de la expulsión, en la forma de "cultivar y guardar" el jardín del Edén, es decir, de vivir la ética del cuidado. Por detrás de "cultivar" resuena siempre "culto" y "cultura" que sugieren el trato respetuoso de la Tierra (culto). Y por detrás de "guardar", el aprovechamiento sostenible de sus recursos para atender necesidades humanas y no con fines de acumulación. En el lenguage bíblico, ser "imagen y semejanza de Dios" significa ser el representante y el lugarteniente de Dios en medio de la creación. Como tal, debe prolongar el acto creador divino, creando también con la misma benevolencia con que Dios creó todas las cosas ("y vio que todo era bueno"). El efecto final de las intervenciones sujetas a la justa medida es la cultura, como hominización y humanización de la naturaleza.

Aprendamos de los antiguos cómo sanar la crisis de civilización: viviendo sin excesos, en la justa medida y el cuidado esencial de todo lo que no rodea.