Un Dios para ateos

En mi vida he encontrado muchos ateos. De varios de ellos me hice amigo. Casi siempre estamos de acuerdo pues niegan a un Dios que yo también negaría, porque es un Dios que no tiene grandeza ni está a la altura de la búsqueda humana.

Por causa de ellos escribí un librito que, personalmente, creo que es el mejor logrado en mi atribulada existencia de teólogo: Experimentar a Dios: la transparencia de todas las cosas(Verus, Campinas, 2002). Ahí intento deconstruir la categoría Dios y reconstruirla después a partir de esas experiencias que permiten hablar humana y emocionalmente de Dios, de un Dios que vale la pena y tiene sentido.

Pero existe una condición previa: estar atento a las señales por las que Dios nos llega, pues Él nunca aparece con el nombre de Dios. Los poetas y los místicos saben de esto. Por eso, en vez de hablar yo, dejo que ellos hablen por mí.

El primero es un indígena Cherokee y el segundo un poeta italiano indignado, pero religioso, David Turoldo, conocido mío.

Veamos primero el texto del indígena. Indica donde encontrar a Dios:

''Un hombre susurró:
¡Dios, habla conmigo!
Y un ruiseñor empezó a trinar. Pero el hombre no prestó atención.
Volvió a pedir:
¡Dios, habla conmigo!
Y un trueno retumbó en el espacio. Pero el hombre no le dio importancia.
Pidió nuevamente:
¡Dios, déjame verte!
Y una luna enorme brilló en el cielo profundo. Pero el hombre ni se dio cuenta.
Y, nervioso, empezó a gritar:
¡Dios, muéstrame un milagro!
Y nació un niño. Pero el hombre no se inclinó sobre él para admirar el milagro de la vida.
Desesperado, volvió a gritar: ¡Dios, si existes, tócame y déjame sentir tu presencia aquí y ahora!
Y una mariposa se posó suavemente en su hombro. Pero él, irritado, la espantó con la mano.
Desilusionado y en lágrimas siguió su camino, vagando sin rumbo.
Sin preguntar nada más. Solo y lleno de miedo.” (Cf. JB Ecológico, junio 2002, p. 46).

Y ahora el poeta italiano con quien me identifico:

''Hermano ateo:
Tú que, ansioso, buscas a un Dios que yo no consigo darte,
¡Atravesemos, juntos, el desierto!
De desierto en desierto
Andemos más allá de todas las selvas de la fe,
Libres y desnudos rumbo al Ser desnudo.
Y allí donde la palabra muere
Sea el fin de nuestro camino” (Canti Ultimi, Garzanti 1993, p. 205).

Y al llegar al fin, mirando hacia atrás, percibimos que el camino recorrido era cómplice, hecho de enternecimiento y de profundo sentimiento de pertenencia al Todo en el cual estamos inmersos. Nunca estábamos solos. Una Presencia inefable nos acompañaba. ¿No sería por eso que ardía nuestro corazón? ¿No sería el adviento de Él, del sin Nombre, del Desnudo, del Misterio que nos habita? Estábamos seguros de que era Él, porque ya no teníamos miedo.

¿No será éste un posible sentido de la Navidad para tiempos postcristianos?