| Todavía la revolución La revolución brasilera no es más que un nombre. Nunca se ha llevado a cabo. Las elites dirigentes viven en la ilusión de que es innecesaria. Basta hacer algunos retoques y, en las crisis, pedir más dinero al FMI. Y entonces Brasil vuelve a funcionar sobre fundamentos sólidos(para ellos). Si el préstamo resolviese los problemas estaríamos todos en el paraíso social. Pero nos precipitan más profundamente en el purgatorio de la dependencia, purgatorio que equivale a un infierno para por lo menos 50 millones de brasileros. Cuando Betinho, lleno de compasión, inició en 1993 la campaña contra el hambre y la miseria, había según datos del gobierno 32 millones de hambrientos. Ocho años después, en 2001, según la Fundación Getúlio Vargas, ese número ascendía a 50 millones. ¿Este dato no revela un infierno? El Papa bueno, Juan XXIII, dijo repetidas veces que no conseguía dormir pensando en los hambrientos del mundo. Movido por ese sentimiento escribió la encíclica Pacem in Terris (1963). Ahora, en 2002, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo nos avergüenza al constatar que en Brasil el foso entre los que comen y los que no comen ha aumentado. Claro, somos la tercera mayor concentración de renta del mundo, tras Sierra Leona y Swazilandia, en África. Consecuentemente, los derechos son violados sistemáticamente. Según la misma fuente, en una escala de 1 a 7, en el apartado 'respeto a los derechos y a las libertades' obtuvimos un 3. Rodamos rotundamente. En estas condiciones se entiende por qué nuestra democracia tiene tan escasa sostenibilidad. En el arco de 100 años, 70 han sido vividos bajo dictaduras. La vigencia de los derechos y la inclusión social son condiciones previas mínimas para el funcionamiento de la democracia así como para cualquier cambio sustancial. Con un pueblo hambriento y enfermo ¿cómo daremos el salto rumbo a una sociedad sostenible y democrática? Por eso, aumenta cada vez más, entre los analistas, la percepción de que la perversidad estructural brasilera no se supera haciendo economía de revolución, en el sentido de cambios de las estructuras de poder social, político y cultural. Para tal revolución se necesita acumulación de poder social que se canalice en un poder político que se proponga hacer la revolución en el marco de una democracia enriquecida. Ésta debe superar la democracia meramente electoral, que se detiene en la puerta de la fábrica, y presentarse como democracia participativa, de abajo hacia arriba y, por eso mismo, popular. Tal fuerza social y política ya se ha constituido en nuestro país. Está representada emblemáticamente por un tornero mecánico que perforó el blindaje de las elites contra los cambios estructurales, y ahora se presenta, por cuarta vez, portando la esperanza de otro Brasil. Es posible. Seamos claros: es el único que representa oposición al sistema y no sólo oposición al gobierno, como los otros. Su eventual victoria puede significar la revolución brasilera. Pero si por debilidad ante las elites no la hiciese, será execrado por la mejor conciencia de nuestro pueblo. Su primera meta es revolucionaria: hambre cero. Quien no empiece por ahí esta defraudando a 50 millones de famélicos. Administrará el hambre con migajas pero no cuidará de los hambrientos. Esta vez tenemos que arriesgarnos, cosa que nunca antes hicimos. Y el riesgo puede recompensarnos con el comienzo de la revolución necesaria, nuestro mejor sueño.
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