Tenemos que arriesgarnos

¿Por qué la revolución brasilera, el cambio de rumbo, no ha ocurrido hasta hoy? Brasil tendría todo para resultar: una situación ecogeográfica fantástica, un pueblo altamente creativo, fruto de la miscegenación de inmigrantes venidos de 60 países diferentes, un ensayo civilizatorio de polivalencia extraordinaria y la percepción colectiva de que tenemos, como país, un compromiso con el futuro. ¿Por qué no hemos hecho todavía el cambio que cure nuestras heridas seculares y nos permita brillar como nación con proyecto propio, en interacción con la mundialización, pero sin subordinarnos ni agregarnos a los dueños del poder mundial?

En su libro Brasil: a construção interrompida (1993), el maestro Celso Furtado nos dice que “nos falta la experiencia de pruebas cruciales y un conocimiento verdadero de nuestras posibilidades, principalmente de nuestras debilidades” (página 35). Y tiene razón. Por mi parte diría que vivimos entre el orgullo de Brasil-país-del-futuro y el derrotismo de aquí-nada-resulta, pues descuidamos todo, también la revolución. Cristovam Buarque, predicador de la Segunda Abolición (del hambre y de la miseria), observó acertadamente que tenemos mucho miedo de arriesgarnos. Es lo que impide desencadenar el proceso transformador.

En primer lugar, nuestras elites temen arriesgarse pues los cambios pueden quitarles sus privilegios. Votan hasta liderazgos que odian con tal que les garanticen que nada sustancial va a cambiar. Por eso son socialmente conservadoras, aunque técnicamente sean modernas y contemporáneas. Tienen los pies en Brasil y la cabeza en Miami, en Paris o en Zurich. Han conseguido moldear la sociedad a su imagen y semejanza, haciéndola también socialmente conservadora. Hasta hace poco cualquier propuesta de cambio era difamada como marxista o como sueño de neobobos y retrasados.

En segundo lugar, inculcaron en la cabeza del pueblo que él, por no tener cultura letrada, era un don nadie y un bueno para nada. Descalificaron su saber como superstición y trataron su experiencia de vida como folclore. Dijeron por todas partes que sólo cuenta quien tiene escuela; que sólo tiene futuro quien fue a la universidad; garantizado, sólo quien ha hecho alguna postgraduación, y que sólo triunfa quien ha hecho un doctorado en el extranjero. Inculcando esto introdujeron en el pueblo miedo y poca disposición a arriesgar cambios que, de por sí, lo beneficiarían.

Pero esta situación está cambiando. Gracias a los movimientos sociales, a la pedagogía del oprimido de Paulo Freire, a los millares de comunidades eclesiales de base, a las luchas de los sindicatos auténticos, a los sin-tierra, a los partidos libertarios como el PT, la autoestima del pueblo ha crecido. Y se dispone a arriesgarse a un Brasil diferente. Y demuestra coraje. En la palabra cor-aje está presente el corazón (cor). Tener coraje es actuar a partir del corazón, es decir, de lo que es verdadero y bueno para uno mismo. Ahora se presenta el momento en que el pueblo brasilero puede mostrar que tiene coraje para ir contra quien siempre le negó la ciudadanía y le cerró el futuro. Asume un riesgo, el riesgo de buscar la realización de un sueño colectivo finalmente realizable: un Brasil en el que podamos caber todos, donde sea menos difícil el amor social, con un gobierno decente y cuidadoso con la cosa pública. Esta posibilidad se abre el día 6 de octubre con la victoria de quien viene de la gran tribulación y que representa, verdaderamente, la alternativa viable.