Serra y el desmonte

En 1999, el sociólogo Ives Lesbaupin, profesor de la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ), reunió a las mejores cabezas de las distintas áreas del conocimiento para hacer un balance del gobierno de FHC. La obra publicada se titulaba O desmonte da nação (Vozes, 1999). El resultado era altamente negativo. Ahora, el mismo autor se une al economista Adhemar Mineiro para publicar O desmonte da nação em dados (Vozes, 2002). Concluyen los analistas, sin cualquier pathos: ''Los datos sobre Brasil post-1995 son alarmantes: producción a ritmo lento, PIB per capita en descenso, aumento de la deuda externa, grave aumento de la deuda interna. El riesgo de ser alcanzados por crisis financieras internacionales es serio. Contrariamente al discurso gubernamental, los fundamentos de la economía no son buenos'' (pág. 91).

Otros dos analistas, extranjeros, James Petras y Henry Veltmeyer, en su libro Brasil de Cardoso (Vozes, 2001) son severos: ''Nunca en la historia de Brasil del siglo XX un presidente hizo tanto y tan rápidamente al servicio del capital imperial. El corolario es que ningún otro presidente ha hecho tanto para solapar el mercado nacional y la capacidad del Estado nacional de dirigir la economía y mejorar la vida de la mayoría de los brasileros” (pág. 159).

Para sustentar estas afirmaciones debería presentar estadísticas, cosa que el espacio físico de esta columna no permite. Pero los datos autorizan a decir: todos los aspectos sociales (salario, empleo, salud, educación, vivienda, energía, saneamiento básico y seguridad) han empeorado en estos últimos ocho años. La salud, donde el ministro Serra pretende haber hecho mucho, también empeoró, pues en 1995 tenía asignado el 4,8% del PIB y en el 2001 disminuyó al 3,9%. El saneamiento básico, tan fundamental para combatir la pobreza (34%), tuvo en 2001 una inversión cero, a pesar de tener previstos 71 millones de reales.

¿Por que hemos llegado a este desmonte de la nación brasilera? Seguramente los factores son muchos y complejos. Pero hay uno principal: la cultura política de nuestras elites de poder. Es una cultura de mimetismo y de reproducción. Ellas nunca han sido independientes. Han mantenido internalizado al colonizador, sintiéndose su sustituto y su administrador. Neocolonizadas y globocolonizadas continúan creyendo, a pesar de todos los doctorados que ostentan, que el nuevo patrón sabe mejor todo, sus proyectos políticos, más racionales, sus fórmulas económicas, más adecuadas. Son aduladores del recetario del FMI, del Banco Mundial y de la OMC, aplicado aquí sin sutileza. Pero su mayor equívoco ha sido no haber valorado nunca el pensamiento original que aquí surgía, articulado con los anhelos del pueblo. Nunca escucharon la creatividad de los movimientos sociales. Su estrategia siempre fue: obediencia y adhesión.

Esta estrategia neocolonial ha agotado sus virtualidades. Amenaza a las propias elites. Si seguimos el camino abierto por FHC, y prolongado por el ministro y ahora candidato Serra, llegaremos a un impasse fundamental. Los analistas serios indican: el Brasil post-Cardoso exige una estrategia alternativa. Lula y sus aliados enfatizan: urge cambiar el eje económico mediante un nuevo pacto nacional para rescatar la deuda social. Las grandes mayorías expresaron en las urnas que quieren cambio de rumbo y con quien quieren ese cambio. La actitud de base ahora es otra: autonomía, negociación y nuevo pacto nacional. Sólo así será posible otro Brasil. Ha llegado la hora. Después podría ser demasiado tarde.