| Revolución en la evolución Para el cristianismo la cruz y la muerte del Viernes Santo no tienen la última palabra. La última palabra que el Creador pronunció sobre el destino humano es resurrección. Por eso, la fiesta central del cristianismo no es Navidad, que celebra el nacimiento del Libertador, ni el Viernes Santo, que conmemora el martirio del Mesías. Si después de la crucifixión no hubiese resucitado estaría seguramente en el panteón de los héroes de la humanidad pero no tendría una comunidad que guardase su memoria sagrada. Pero resucitó. Por eso el cristianismo no celebra un recuerdo del pasado, festeja su presencia en el presente. Lo que el cristianismo puede ofrecer a la humanidad en proceso de mundialización es la promesa de resurrección para cada persona y para toda la creación. Pero es importante que comprendamos bien lo que se entiende por resurrección, si queremos captar su relevancia universal. En primer lugar, debemos lamentar que [la resurrección] haya sido pronto abandonada como eje estructurador de la fe cristiana. En su lugar entró el tema platónico de la inmortalidad del alma. La resurrección –en vez de ser lo que ocurre tras la muerte, tal como era la convicción de la Iglesia de los primeros tiempos– fue relegada hasta fin del mundo. Y como nadie sabe cuando será el fin del mundo, no representa un elemento esperanzador de vida. Por otra parte, resurrección no es sinónimo de reanimación de un cadáver, como el de Lázaro. Lázaro volvió a la vida que tenía antes. Esta vida es mortal, pues vamos muriendo en prestaciones hasta acabar de morir. La reanimación del cadáver no nos libra de la muerte. Lázaro murió otra vez, fue sepultado definitivamente y sepultado quedó. La resurrección es algo muy distinto. Es la entronización de alguien en un orden de vida que no conoce ninguna entropía, ninguna necesidad de morir. Una vida tan completa que excluye la realidad de la muerte. Por lo tanto, es la realización de la utopía de una vida sin fin y absolutamente realizada. Ese acontecimiento bienaventurado sólo se hará posible cuando haya culminado el proceso evolutivo, cuando todas las potencialidades del ser humano se hayan realizado absolutamente. Representa una revolución dentro de la evolución. Irrumpe interior y exteriormente el ser nuevo que vino formándose embrionariamente a lo largo de miles y miles de millones de años hasta concluir su ciclo de realizaciones. Cuando hablamos así de resurrección creemos que tal hecho singular ocurrió con Jesús. La hierba no creció sobre su sepultura. Su tumba se abrió para proclamar el hecho más decisivo del universo: la superación de la muerte, incluso más, la posibilidad real de transformación de la utopía en topía dentro del horizonte cósmico e histórico, el triunfo de la vida. ¿Qué hace, en concreto, la resurrección? Realizar plenamente nuestra esencia, que consiste en ser un nudo de relación y de comunicación hacia todas partes. La resurrección suprime los límites de realización de ese nudo, potenciándolo hasta el infinito. El cuerpo resucitado se vuelve pura comunicación y adquiere una dimensión igual a la del cosmos. Por eso el cuerpo resucitado llena todo el universo y ocupa todos los lugares. Se encuentra de manera inmediata allí donde está nuestro deseo. El cuerpo asume las características del espíritu y el espíritu las del cuerpo. No dejamos el mundo; penetramos más profundamente en el corazón del mundo, hasta aquel punto donde todo converge en la diferencia. La humanidad que está en Jesús está también en cada uno de nosotros. Si en Él se verificó tal acontecimiento feliz es señal de que sucederá también en nosotros.
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