| Reconstruir el bien común Uno de los efectos más avasalladores del capitalismo globalizado y de su ideología, el neoliberalismo, es la demolición de la noción de bien común o de bienestar social. Sabemos que las sociedades civilizadas se construyen sobre dos pilares básicos: la participación (ciudadanía) y la cooperación. Juntas crean el bien común. Pero el bien común ha sido enviado al limbo de la preocupación política. En su lugar entraron las nociones de rentabilidad, de flexibilidad, de adaptación y de competitividad. La libertad del ciudadano ha sido sustituida por la libertad de las fuerzas del mercado, el bien común por el bien particular, la cooperación por la competitividad. La participación y la cooperación aseguraban la existencia de cada persona y la vigencia de sus derechos. Negados estos valores, la existencia de cada uno no está más garantizada socialmente ni sus derechos afianzados. Entonces cada uno se siente impelido a garantizar lo suyo: su empleo, su sueldo, su automóvil, su familia. Nadie se anima a construir algo en común. Lo único que queda en común es la guerra de todos contra todos con vistas a la supervivencia individual. En este contexto, ¿quién se pone a pensar en el destino común de la especie humana y de su única casa colectiva, la Tierra? ¿Quién cuidará del interés general de los 6.300 millones de personas? El neoliberalismo es sordo, ciego y mudo a este planteamiento fundamental. Y sería contradictorio suscitarlo porque defiende concepciones políticas y sociales directamente opuestas al bien común. Su propósito básico es: el mercado tiene que ganar y la sociedad debe perder, pues es el mercado quien regulará y resolverá todo. Siendo así ¿por qué vamos a construir cosas en común? el bienestar social perdió su legitimidad. Sucede, sin embargo, que el creciente empobrecimiento mundial resulta de las lógicas excluyentes y predadoras de la globalización actual, competitiva, liberalizadora, desreguladora y privatizadora. Cuanto más se privatiza más se legitima el interés particular en detrimento del interés general. Es el triunfo del capitalismo asesino. ¿Cuanta perversidad social y barbarie aguanta el espíritu? ¿Qué es el bien común? En el plano infraestructural es el acceso justo de todos a la alimentación, a la salud, a la vivienda, a la seguridad y a la expresión artística. En el plano humano es el reconocimiento, el respeto y la convivencia pacífica. Por haberlo desmantelado bajo la globalización competitiva, hay que reconstruir ahora el bien común. Para esto es importante dar hegemonía a la cooperación y no a la competición. Sin este cambio, la comunidad humana difícilmente se mantendrá unida y con un futuro que valga la pena. Bueno, pues dicha reconstrucción constituye el núcleo del proyecto político del PT y del Presidente Lula. Ha entrado por la puerta correcta: hambre cero. Colocó un fundamento seguro: rehacer el pacto social contando con la cooperación y la buena voluntad de todos. Afirma una convicción humanista de base: no hay futuro a largo plazo para una sociedad fundada en la falta de justicia, de igualdad, de fraternidad, de cuidado y de cooperación, porque niega el anhelo más originario del ser humano desde que surgió en la evolución hace millones años. Lula articula ese anhelo ancestral y de ahí surge su fuerza convocatoria. Si no lo hace el PT y Lula, lo harán otros actores en otros tiempos. Pero “ahora es Lula” quien suscita ese sueño bien-aventurado. Cooperación se refuerza con cooperación, que debemos ofrecer incondicionalmente.
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