¿Quién hace la revolución?

Normalmente sólo se hacen las revoluciones que se hacen. El simple voluntarismo no hace la revolución, como redefinición del rumbo de un país. Ni la situación gritante abandonada a sí misma, pues le falta dirección. Sin embargo cuando se unen la situación revolucionaria con la voluntad de transformación surge ese punto de mutación con la fuerza del irrumpir de la aurora. La revolución se da como estadio nuevo de la sociedad, con nuevo rumbo y nuevas relaciones sociales. La realidad social de las grandes mayorías destituidas, ''capadas y recapadas, sangradas y resangradas'' (Capistrano de Abreu) objetivamente exige transformaciones que superen la marginalidad y la exclusión. Pero nunca se ha permitido a las víctimas elaborar una voluntad propia y crear los medios necesarios para el salto de cualidad. Las elites, siempre hábiles, se anticipan a abortar los intentos redentores.

Pero la persistencia de los propósitos, la flecha del tiempo, el Weltgeist (la dinámica de la historia, según Hegel) y el designio del Misterio (según los cristianos) lograron que llegase el momento en que los oprimidos puedan realizar el cambio rumbo a aquello que debe ser. Y lo que debe ser tiene fuerza, irreprimible e irrefrenable.

Estimo que para los brasileros ese momento ha llegado ya. Me resisto a aceptar que el sufrimiento de millones de esclavos, de indígenas, de humillados y ofendidos de nuestra historia haya sido en vano. Propició tanta acumulación de fuerza y elaboró tanta exigencia de transformación que, finalmente, la hora está ya madura. Si no fuese así, la historia sería absurda y el cinismo recomendable.

El palco para esta revolución necesaria, la revolución brasilera, está montado en estas elecciones presidenciales. Un candidato habla de cambios pero su discurso engaña pues se rodea de aliados cuyo propósito evidente es impedir cualquier cambio. La insensibilidad ética los hace sordos al clamor que viene de la Tierra. Otro candidato no consigue cambiar la ruta trazada hace ocho años, agotada en un callejón sin salida. Le queda sofismar, diciendo que es continuación sin continuismo. Pero hay otro candidato que viene de la gran tribulación en la que está crucificado el pueblo brasilero. Sabe de sus dolores y de sus esperanzas, de lo que necesita y de cómo realizarlo: la utopía menor de poder trabajar, comer, educarse, tratarse cuando se enferma y convivir con un mínimo de decencia. Tiene el valor de levantarse y decir lo obvio, lo que la razón llana y comedida dicta: ''el capital se hace en casa'', fundado en el trabajo honesto del pueblo y en la producción laboriosa de nuestros empresarios, y no ese otro, vendido, que se toma de afuera, de los que practican el agiotismo internacional. ''La tecnología útil, que nos libera, es la que se crea aquí'', adaptada a nuestros ecosistemas y que satisface las exigencias de crecimiento del país. Por haber pensado así, Japón, arrasado por la guerra, y Corea, subdesarrollada, pudieron hacer su revolución, que les ha garantizado sostenibilidad hasta el día de hoy.

Ahora todo indica que el tiempo de la revolución brasilera ha llegado. La siembra ya se ha hecho. Es hora de la cosecha. Hay que secundar a los que proponen la transformación y, junto con ellos, reinventar un Brasil de otros quinientos.