Pueblos indígenas y mundialización

La campaña de fraternidad para este año de la CNBB (Conferencia Nacional de los Obispos de Brasil) es “Fraternidad y pueblos indígenas”. Busca solidarizarse con ellos y estimular el aprendizaje de su sabiduría ancestral. Según datos de la ONU hoy existen cerca de trescientos millones de indígenas en el mundo. ¿Cuál es su aporte al proceso de mundialización que hemos abordado? Enumeremos sólo algunos puntos relevantes.

Sabiduría ancestral. Conociendo un poco las diferentes culturas indígenas, identificamos en ellas una profundad capacidad de observación de la naturaleza con sus fuerzas y de la vida con sus vicisitudes. Su sabiduría se fue tejiendo en sintonía fina con el universo y el atento escuchar a la Tierra. Saben mucho mejor que nosotros casar cielo y tierra, integrar vida y muerte, compatibilizar trabajo y diversión, confraternizar ser humano con naturaleza. En este sentido son altamente civilizados aunque sean tecnológicamente primitivos.

Intuitivamente atinaron con la vocación fundamental de nuestro efímero paso por este mundo: captar la majestad del universo, saborear la belleza de la Tierra y sacar del anonimato a la Fuente originaria de todo ser, llamándola con mil nombres: Palop, Tupã, Ñmandu, entre muchos otros. Todo existe para brillar, y el ser humano existe para bailar y festejar ese brillo.

Nuestra cultura dominante necesita rescatar esa sabiduría. Sin ella difícilmente pondremos límites al poder que podría destruir nuestro riente Planeta vivo.

Integración sinfónica con la naturaleza. El indio se siente parte de la naturaleza, no un extraño dentro de ella. Por eso en sus mitos los seres humanos conviven con otros seres vivos y se casan entre sí. Intuyeron lo que sabemos por ciencia empírica: que todos formamos una cadena única y sagrada de vida. Son ecologistas eximios. La Amazonía, por ejemplo, no es tierra intocable. Durante miles de años, las decenas de naciones que allí viven interactuaron sabiamente con ella. Casi el 12% de toda la selva amazónica de tierra firme ha sido manejada por los indios, promoviendo “islas de recursos”, desarrollando especies vegetales útiles o bosques con alta densidad de castaño de Brasil y de frutas de toda especie. Fueron plantados y cuidados para ellos y para los que tengan la suerte de pasar por allí.

Los yanomami saben aprovechar el 78% de las especies de árboles de sus territorios. Teniendo en cuenta la inmensa biodiversidad de la región, eso vendría a ser del orden de unas 1200 especies por área del tamaño de un campo de fútbol.

La Tierra es la Madre del indio. Está viva y por eso produce todo tipo de seres vivos. Debe ser tratada con la reverencia y el respeto que se da a las madres. Nunca abaten animales, peces o árboles por puro gusto, sino para atender a las necesidades humanas, y aún así, cuando se derriban árboles o se realiza alguna caza o pesca mayor, organizan ritos de disculpa para nunca violar la alianza de amistad entre todos los seres.

Esta relación sinfónica con la comunidad de vida es imprescindible para garantizar el futuro común de la propia vida y de la especie humana.

Actitud de veneración y de respeto. Para los pueblos indígenas, así como para muchos contemporáneos, todo esta vivo y cargado de mensajes que es importante descifrar. El árbol no es solo un árbol. Tiene brazos que son sus ramas, mil lenguas que son sus hojas, y une Tierra y Cielo a través de las raíces y de la copa. Ellos consiguen captar naturalmente el hilo que liga y re-liga todas las cosas entre sí y con Dios. Cuando bailan y toman sus bebidas rituales hacen una experiencia de encuentro con Dios y con el mundo de los ancianos y de los sabios que están vivos al otro lado de la vida. Para ellos lo invisible es parte de lo visible. Tenemos que aprender esta lección suya.

La libertad, esencia de la vida del indígena. En la actualidad nos atormenta la falta de libertad. La complejidad de la vida, la sofisticación de las relaciones sociales generan sentimientos de prisión y de angustia. Los pueblos indígenas nos dan testimonio de una inconmensurable libertad. Bástenos el testimonio de dos grandes indigenistas, los hermanos Orlando y Cláudio Villas: “el indio es totalmente libre, no necesita explicar sus actos a nadie. Si una persona grita en el centro de São Paulo, una radiopatrulla puede llevarlo preso. Si un indio da un tremendo berrido en medio de la aldea, nadie le mirará ni le preguntará por qué gritó. El indio es un hombre libre”.

La autoridad, el poder como generosidad. La libertad vivida por los indios confiere una marca singular a la autoridad de sus caciques. Éstos nunca pueden tener mando sobre los demás. Su función es de animación y de articulación de las cosas comunes, respetando siempre el don supremo de la libertad individual. Muy especialmente entre los Guaraní se vive este alto sentido de autoridad, cuyo atributo esencial es la generosidad. El cacique debe dar todo lo que le piden y no debe guardar nada para sí. En algunas aldeas se puede reconocer al jefe en la persona de quien lleva los adornos más pobres, pues todo el resto ha sido dado. Nosotros occidentales definimos el poder bajo su forma autoritaria; “la capacidad de conseguir que el otro haga lo que yo quiero”. En función de esta concepción, las sociedades están permanentemente desgarradas por conflictos de autoridad. Imaginemos el siguiente escenario: en el caso de que el cristianismo se hubiese encarnado en la cultura política guaraní, en lugar de haberlo hecho en la grecorromana, tendríamos sacerdotes pobres, obispos miserables, el Papa un verdadero mendigo. Pero su marca registrada sería la generosidad y el servicio humilde a todos. Entonces sí, podríamos ser testigos de Aquel que dijo “estoy entre vosotros como quien sirve”. Los indígenas habrían captado este mensaje como connatural a su cultura y habrían adherido libremente, quien sabe, a la fe cristiana.

Como vemos, los indígenas podrían ser en tantas cosas nuestros maestros y nuestros doctores, tal como se decía de los pobres en la Iglesia de los primeros tiempos.