Parteras de un pueblo

Por regla general el cristianismo se propaga por la palabra del evangelio dentro del marco de un proyecto civilizatorio y de una forma de ser Iglesia que implanta edificios religiosos y escuelas. Es el evangelio del poder. Pero nunca en la historia ha faltado otra tendencia, vivida en su tiempo por Francisco de Asís y por Bartolomé de las Casas, la de acercarse a los otros para una convivencia pacífica, sin palabras, fraterna y amorosa. En el mundo contemporáneo ha dado testimonio de ella el Hermano Carlos de Foucauld, que a principios del siglo XX se fue a vivir entre los musulmanes del desierto de Argelia, no para anunciar sino para convivir con ellos y acoger la diferencia de su cultura y de su religión. Y en los días actuales está siendo ejemplarmente vivida por las seguidoras del Hermano Carlos, las Hermanitas de Jesús, entre los indios Tapirapé en el Noroeste del Mato Grosso, cerca del río Araguaia. Es el poder del evangelio.

El domingo pasado, día 17, asistí a la celebración del cincuentenario de su presencia junto a los Tapirapé. Allí estaba también la pionera, la hermanita Genoveva, que en octubre de 1952 comenzó a convivir con la tribu. Por la mañana, con el obispo Pedro Casaldáliga, abogado y defensor de los indios, se lanzó un libro de extraordinario valor: O renascer do povo Tapirapé, diário das Irmãzinhas de Jesus de Charles de Foucauld, 1952-1953 (Editora Salesiana, SP, 2002), bellísimamente ilustrado, a la altura de la refinada estética de los Tapirapé.

¿Cómo llegaron allí? A través de los frailes dominicos franceses, que misionaban en tierras del río Araguaia, las hermanitas supieron que los Tapirapé estaban en extinción. De los 1500 de antes quedaban 47, a causa de las incursiones de los Kayapó, de las enfermedades de los blancos y de la falta de mujeres. En el espíritu del Hermano Carlos, de ir para convivir y no para convertir, decidieron unirse a la agonía de un pueblo. A su llegada, la hermanita Genoveva oyó del cacique Marcos: ''Los Tapirapé van a desaparecer. Los blancos van a acabar con nosotros. Tierra vale, caza vale, pez vale. Sólo el indio no vale nada''. Habían internalizado que no valían nada y que estaban condenados inexorablemente a desaparecer. Ellas fueron donde ellos y les pidieron hospedaje. Comenzaron a vivir con ellos el evangelio de la fraternidad, en el campo, en la lucha por la yuca de cada día, a aprender su lengua y a incentivar todo lo de ellos, religión incluida, en un recorrido solidario y sin retorno. Con el tiempo fueron incorporadas como miembros de la tribu. La autoestima de ellos creció. Gracias a la mediación de ellas consiguieron que mujeres Karajá se casasen con hombres Tapirapé y se garantizase así la multiplicación del pueblo. De 47 hoy llegan a 520. En 50 años ellas no convirtieron ni a un sólo miembro de la tribu. Pero consiguieron mucho más: se hicieron parteras de un pueblo, a la luz de aquel que entendió su misión de ''traer vida y vida en abundancia''. Cuando vi el rostro de una india tapirapé y el rostro envejecido de la hermanita Genoveva, observé: si hubiese teñido su pelo blanco con tucum* sería tenida por una perfecta mujer tapirapé. Realizó de hecho la profecía de la fundadora: ''Las hermanitas se harán Tapirapé, para desde aquí ir a los otros y amarlos, pero serán siempre Tapirapé''.

¿No debería seguir por ahí el cristianismo si quisiera tener futuro en un mundo globalizado? ¿el evangelio sin poder?