Pan y belleza

Cuando Platón, en su República, dice que los filósofos deben estar al frente del Estado, no lo dice porque sean mejores administradores que los demás, cosa que está comprobado no lo son. Los sitúa allí por poseer las virtudes indispensables a quienes cuidan del bien común: visión de conjunto de los problemas, perspectiva a largo plazo, fundada en lo esencial y no en lo coyuntural, transparencia como la ética de la política y una justa medida en la solución de los problemas. En Brasil no hemos sido gobernados por presidentes-filósofos, sino por presidentes-creyentes, por hombres de fe. Especialmente el actual presidente y su mayordomo mayor, Pedro Malan, son hombres de fe en el neoliberalismo, en los preceptos salvadores del Consenso de Washington, en el mercado como operador de los sueños sociales de la humanidad. Como esa fe no es fe, sino superstición, les ha ido mal y nos están legando un diluvio.

Decimos todo esto a propósito del programa de combate al hambre. Los análisis dejan claro que el hambre no es un problema económico, resultante de una insuficiente producción de alimentos. Es un problema político. Cuando en los sistemas sociales predomina la competición sobre la cooperación, pronto menguan las políticas sociales y surgen en su lugar las políticas pobres para los pobres. El resultado es el crecimiento de la miseria y del hambre. El hambre es el indicador más seguro para verificar el grado de inhumanidad y de perversidad de una sociedad y el nivel de cooperación y compasión (en el sentido budista) que en ella existe o inexiste. Como el hambre es un flagelo mundial, está claro que vivimos en la barbarie más atroz. Y en Brasil es un clamor vergonzoso, porque estamos entre los primeros exportadores de granos del mundo.

Un presidente o gobernador-filósofo nunca haría un restaurante popular al precio de un real, por muy humanitario que sea saciar hambrientos. Un presidente-filósofo no reduce el ser humano a un mero animal hambriento. Él no tiene solamente hambre de pan, que es saciable, también tiene hambre de belleza, que es insaciable, como dijo un poeta cubano y cantaron los Titãs: “la gente no quiere sólo comida, la gente quiere comida, diversión y arte”. El ser humano es un proyecto infinito. Por eso, un presidente-filósofo añade al pan todo un universo de belleza, que se traduce por ciudadanía, conciencia de los derechos, conexión entre bolsa de alimentos y bolsa de educación, inserción comunitaria y espacio de cultura.

Lo curioso de esta historia es que hemos tenido que elegir a un superviviente de la gran tribulación brasilera para tener un presidente-filósofo, Luiz Inácio Lula da Silva. Con su programa hambre cero está educando a toda la sociedad brasilera para que sea más humana, compasiva, ética y espiritual. ¿Qué hay más espiritual que dar pan a quien tiene hambre y ofrecerle simultáneamente belleza, respeto, autoestima y cuidado? Esa es la espiritualidad que el presidente-filósofo Lula quiere realizar con su programa hambre cero. Y lo que el Centro para la Defensa de los Derechos Humanos de Petrópolis está inaugurando con su proyecto Pan & Belleza. Además de comida de calidad por un real, las personas tendrán acceso a alfabetización, salud, cultura y posibilidad de trabajo. La meta es: hambre cero, belleza 10.