Otro Alca es posible

Durante estos días, hasta mañana 7 de septiembre, los brasileros pueden ejercer su ciudadanía como pocas veces antes, votando en un plebiscito popular contra el Tratado del Alca (Área de Libre Comercio de las Américas), formulado e implementado por los Estados Unidos.

No se trata de estar simplemente contra el Alca, sino contra este tipo de Alca que se quiere imponer a las Américas. Tipo que está recibiendo una pesada crítica por parte de los grupos más concienciados y éticos de este país, y también de Canadá y de los EU, envolviendo a las respectivas conferencias episcopales, como la nuestra de Brasil. Solamente un ciego del tipo ''Eremildo idiota'' puede imaginar que se trata de ''un rematado ilusionismo fronterizo de mala fe''. Se trata, por el contrario, de discutir el contenido que queremos para la inevitable continentalización de las tres Américas, paso necesario para la mundialización solidaria de los pueblos dentro de la única Casa Común, la Tierra, mundialización entendida positivamente como un estadio más alto de la historia de Gaia y de la propia humanidad.

Esta continentalización a través del Alca quiere hacerse por el camino más peligroso y perverso que podamos escoger, por el camino del comercio capitalista.

Esto quiere decir que en el centro están la mercancía, la empresa y el mercado. Y no los pueblos, ni las riquezas no comerciables, como las culturas, las grandes tradiciones sapienciales de nuestros pueblos originarios, la belleza y la fecundidad de nuestros ecosistemas, la solidaridad, el altruismo, el respeto de las diferencias y el aprecio de las complementariedades.

Basta leer el texto-base del Tratado del Alca para darse cuenta de que tales realidades –sustancia humanística, espiritual y ética para toda integración de pueblos– están totalmente ausentes.

Hay nueve grupos que negocian en las diferentes áreas. No hay ningún grupo que estudie los derechos humanos, ningún grupo que se ocupe del trabajo, ningún grupo que considere el medio ambiente. El único ser libre es la mercancía o la inversión.

Ambos pueden circular cómo y para donde quieran; el ciudadano, no. Queda confinado a su país. Protección total a las inversiones, pero no a la vida de los ciudadanos ni a la naturaleza. Se asume al pie de la letra el capítulo 11 del TLCAN (Tratado de Libre Comercio de América del Norte), que concede derechos privilegiados a las inversiones, limitando la soberanía de los Estados, hasta cuando interviene a causa de perjuicios a la salud pública y de daños al medio ambiente. En tales casos, las empresas pueden exigir indemnización por ''lucros cesantes''. Esto es sencillamente el colmo, la muerte de cualquier sentido de humanidad en nombre de la ventaja material y privada.

Si el Tratado del Alca es aprobado -dicen serios analistas, como el brasilero Marcos Arruda y la norteamericana Sarah Anderson- se configurará ''la perpetuación de la condición de periferia del sistema hemisférico y de subordinación total de los países y de los pueblos a los intereses de la potencia estadounidense''.

En nombre de una ética mínima, sin la cual la vida no tiene más sentido, hay que votar NO a este tipo de Alca.

Otro Alca es posible y ése queremos.