| No queremos mártires La víspera de Navidad de 1988 Chico Mendes fue víctima de la saña de los enemigos de la naturaleza y de la humanidad. Fue asesinado con cinco balazos. Dejó la vida amazónica para entrar en la historia universal y en el inconsciente colectivo de los que aman nuestro planeta vivo y su inmensa biodiversidad. Hombre señalado para morir, recibió mínima protección por parte de las autoridades oficiales. Ahora nos enfrentamos a otro marcado para morir: el gobernador Jorge Viana, del mismo Acre de Chico Mendes. Entonces quien amenazaba era el latifundio salvaje. Ahora se suman el crimen organizado y el narcotráfico. Se ha montado una artimaña político-jurídico-criminal para viabilizar el crimen, denunciado hace ya mucho tiempo. El primer paso fue eliminar al gobernador políticamente. Se creó el pretexto del crimen electoral. Y vean el crimen: ostentar una miniatura de castaño del Brasil, árbol soberbio de la selva acreana, símbolo de su gobierno y de la florestanía, es decir, de la ciudadanía del hombre de la floresta o selva, extrayendo beneficios de ella sin depredar su espléndida riqueza. Pero no les bastó a esos jueces anularle la candidatura; su voluntad eliminatoria se excedió hasta el punto de querer declararle inelegible por tres años. Ahora está abierto el camino para que el esquema criminal apunte como antes, en la proximidad del poder, especialmente con el apoyo del diputado destituido Hildebrando Pascoal, Al Capone de la selva profunda, conocido por mandar serrar con motosierra a sus desafectos, que controla desde la prisión el crimen organizado del Estado de Acre. Si no consiguen eliminarlo políticamente, buscarán seguramente la eliminación física de Jorge Viana. Y no se imagine que la mente criminal se sienta de algún modo cohibida ante la opinión pública, el poder oficial o eventuales esquemas de seguridad con la persona del gobernador. La historia del crimen en Acre y en otros Estados revela osadía asesina. Los criminales cuentan con la complicidad de los sectores políticos interesados: perpetran la desgracia y desaparecen incólumes. Y si son apresados están seguros de la fuga encubierta y fácil. La nación brasilera no puede aceptar esta lógica de facinerosos. El Estado existe para impedir que los lobos prevalezcan. Tenemos el derecho de exigir el derecho del derecho. Que se haga auditoria en la Justicia local para identificar posibles contubernios con el crimen y que no se excluya una intervención federal. Sobre el suelo brasilero, en el campo y en las ciudades, ya ha corrido demasiada sangre. No queremos mártires para que los exalte la posteridad. Queremos vivas a personas como Jorge Viana que, a pecho descubierto, armado sólo con la ley y la fe libertadora, enfrentó al crimen organizado en su propio terreno, enviando a más de 20 criminales a la cárcel. Jorge, hermano mío, sigue construyendo la política con cuidado para con el pueblo acreano. La jovialidad que tu irradias ya ha creado un aura benéfica en todo el Estado. Confiemos en la Justicia. Pero hagamos también nuestras las palabras del salmista: ''¡Dígnate, Dios, liberar a Jorge. Apresúrate, Señor, a socorrerlo! Sean humillados y cubiertos de vergüenza los que atentan contra su vida. Retrocedan, cubiertos de oprobio, los que desean su desgracia'' (Salmo 70,2-3).
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