| Lula y el reencantamiento de Brasil El miedo es inherente a la vida porque ''vivir es peligroso'', como nos advierte Guimarães Rosa. Por eso vivir conlleva riesgos que dan miedo. Pero los riesgos nunca son sólo riesgos. Son la posibilidad de lo nuevo, la apertura a otra esperanza. Sin arriesgar nos condenamos al pantano de la monotonía y de la mediocridad. Esto vale también para las elecciones actuales. Vale la pena arriesgarse con Lula porque representa la oportunidad de otro Brasil y de otra manera de hacer política, que tiene a la sociedad y no al mercado, a la democracia real y no al fundamentalismo neoliberal, a los condenados de la Tierra y no a las monedas, en el centro del cuidado político. Otra cosa, sin embargo, es infundir miedo como hace Serra en su campaña. Ese miedo es perverso y antinatural porque busca matar las oportunidades presentes en el riesgo. Es querer destruir el futuro. Quienes temen el futuro son los satisfechos con la situación actual, mala, según consenso general, para la mayoría de los brasileros. El gran historiador francés vivo Jean Delumeau, en su libro El miedo en Occidente, nos ha mostrado la función política del miedo. El miedo es la estrategia preferida por los poderosos para imponerse, para desfibrar resistencias y abortar sueños. El cristianismo se consolidó en gran parte, aunque no siempre, por el miedo y el pavor al infierno. Uno de los sabios mayas de comienzos de la evangelización denunciaba: “Ellos nos enseñaron el miedo, vinieron a marchitar nuestras flores para que sólo viviese su flor. Se introdujo la tristeza entre nosotros, se introdujo el cristianismo.” Lo contrario del miedo no es el valor; es la fe. La fe espanta el miedo y libera las virtualidades del riesgo. Quien cree en el pueblo brasilero, quien apuesta en las potencialidades de nuestro país y quien ama nuestro futuro no teme. ¿Qué miedo puede infundir un obrero? Los poderosos no tienen miedo de un obrero que trabaja. Tienen miedo de un obrero que piensa. Es el caso de Lula y de sus compañeros. Se han atrevido a pensar. Más: empezaron a soñar un Brasil diferente. Más aún: se organizaron para que el sueño no quedase en mero sueño, se hiciese movimiento, partido, proyecto político y alternativa de poder con el propósito de reinventar un Brasil de otros quinientos. Su herejía, inadmisible para los que difunden el miedo, es haber pensado y soñado, no solos sino con el pueblo organizado, que representaba a su vez lo todavía no organizado. El actual giro de la política ha ocurrido porque la fe de los electores consiguió exorcizar el miedo. Ahora se ha comprobado lo que el patriarca José Bonifácio escribió hace dos siglos: ''En Brasil lo posible va más allá de lo real''. Creer en lo posible es amar lo que todavía no se ve, esto fue y es la virtud básica de Lula y del PT. Infunden miedo los que se educaron en la escuela del faraón y temen el riesgo de perder ventajas sólo suyas. La fe en el cambio posible, manifestada en las urnas, hace volver el entusiasmo. Se rompió el manto de tristeza que cubría a Brasil, país encantado y encantador. Lula trae las razones para un nuevo encantamiento. Recuperó la autoestima del pueblo y la estima por la democracia que hizo posible que un desplazado nordestino, un obrero, un estudiante de la dura escuela de la vida, alcanzase el más alto puesto de la nación: Luiz Inácio Lula da Silva. Enhorabuena a ese pueblo.
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