La revolución brasilera

La palabra revolución se encuentra en el limbo del discurso político. Pero debe ser traída al mundo sublunar para dar sentido a la presente situación brasilera en tiempo de elecciones. Tomamos revolución en el sentido que le da Caio Prado Jr. en su clásico Revolução Brasileira (1966), definición que deja atrás la idea convencional que asocia revolución con violencia: "Transformaciones capaces de reestructurar la vida de Brasil de manera apropiada a sus necesidades más generales y profundas, y a las aspiraciones de la gran masa de su población que, en el estado actual, no son debidamente atendidas… algo que lleve la vida del país por un rumbo nuevo". Enumeremos algunos datos que claman por una reestructuración social de Brasil.

En primerísimo lugar, el hecho vergonzoso de que un tercio de la población se encuentra por debajo de la línea de miseria en un país que es uno de los mayores exportadores de granos. Este dato macroscópico por si sólo justifica una revolución.

En segundo lugar, la desigualdad que grita caninamente al cielo. Datos de 1999 muestran que 400 mil familias, o sea el 1% de la población, ostentan el 53% de la riqueza nacional. Esa minoría no muestra humanidad hacia los otros 9,6 millones de familias. Más que brasilera dicha minoría se siente transnacionalizada. Allí afuera, en los hoteles de cinco estrellas, se avergüenza de ser brasilera.

En tercer lugar, la deuda externa impagable, renegociada siempre de nuevo como ahora. Para responder por esta deuda el gobierno debe someterse a los dictámenes del FMI. En caso contrario no recibe capitales externos para cerrar sus cuentas (23 mil millones en el 2001). El servicio de dicha deuda sustrajo en 2001 de las arcas públicas cerca de 106,9 mil millones de reales. Traduciendo: equivale a retirar 203.000 reales por minuto, 24 horas al día, 365 días al año. De esos 106,9 mil millones, solamente 44 mil millones son nuestros, resultado del aumento de impuestos y de recortes en las políticas sociales. Los restantes 62,9 mil millones de reales son nuevos préstamos del exterior. Tales distorsiones ¿no piden un nuevo rumbo?

En cuarto lugar, el coste social del Plano Real. Mantiene estabilizada la moneda con control de la inflación pero al precio de un elevado coste social debido a los altos impuestos que restringen el crecimiento económico, congelando los salarios, haciendo crecer el número de excluidos.

En las elecciones actuales se enfrentan estos dos proyectos: el primero quiere la continuidad de la modernización conservadora (porque no es social), vía la inserción en la mundialización, tolerando las contradicciones pero con la convicción de que más adelante será bueno para todos; el segundo quiere el cambio de eje (su aspecto revolucionario), fundando un nuevo pacto social que rescate las deudas sociales desatendidas, con la convicción de que es posible hacer cambios estructurales con democracia.

Este segundo proyecto está recibiendo la preferencia del electorado. La reacción de los continuistas es crear un blindaje político para el proyecto de la modernización conservadora. Lo hacen obligando al eventual vencedor a declararse fiel a los compromisos internacionales y a respetar el juego actual de la economía para que no cambie sustancialmente. Pero la revolución es necesaria y hay fuerzas para realizarla. Necesitamos quererla decididamente.