| La edad tiranosáurica de la mundialización Hace millones de años surgió en África, a partir de un primate superior, el hombre sapiens-demens. Millares y millares de años después comenzó a dispersarse, primero por Eurasia, después por las Américas y, por fin, por la Polinesia y Oceanía. Al final del paleolítico superior, hace 40 mil años, ya ocupaba todo el planeta y llegaba a 1 millón de personas. Creó civilizaciones y Estados-naciones. En el siglo XVI comenzó la vuelta de la diáspora. A partir de 1492, un inmenso proceso de expansión de Occidente y de intercambio global. Colón (1492) trae a conocimiento de los europeos la existencia de otras tierras habitadas. Fernando de Magallanes (1521) comprueba que la Tierra es efectivamente redonda y puede ser recorrida a partir de cualquier lugar. Las potencias hegemónicas del siglo XVI, España y Portugal elaboran por primera vez el proyecto mundo. Se expanden por África, América y Asia. Occidentalizan el mundo. Este proceso se prolongó en el siglo XIX con el imperialismo occidental que, a hierro y fuego, sometió todo el mundo conocido a sus intereses culturales, religiosos y especialmente comerciales. La carabina y el cañón hablaron más alto que la razón y la religión. El Occidente europeo se reveló la hiena de las gentes. Nosotros, en el extremo occidental, ya nacimos mundializados y sabemos por experiencia lo que significa la mundialización, sentida y sufrida como mundocolonización. El proceso culmina a partir de la segunda mitad del siglo XX con la nueva expansión occidental, bajo la hegemonía de los Estados Unidos, a través de la ciencia y la técnica, como instrumentos de opulencia y armas de dominación, mediante las corporaciones multilaterales y globales que controlan los mercados, mediante una cultura occidental, homogeneizadora y desfibradora de las culturas regionales, mediante un modo único de producción, capitalista, asentado sobre la competencia que destruye los lazos de socialidad y de cooperación, mediante un pensamiento único, neoliberal, que se entiende como la única forma racional de organizar la sociedad. Lo más grave, entre tanto, es haber hecho de la Tierra una banca de negocios, donde todo es mercantilizado y convertido en objeto de lucro, no respetando su autonomía y su subjetividad en cuanto Gaia. Se desconocen nuestras raíces telúricas y nuestro origen, pues como seres humanos venimos de la Tierra. Las palabras hombre y Adán lo dicen: Hombre viene de humus (tierra fértil), Adán viene de Adamah (tierra fecunda), y significan el hijo de la tierra fecunda. Sea como fuere, comenzó el proceso de globalización que está en curso. Según nuestra visión posee estas tres edades que iremos analizando: la mundialización tiranosaúrica, la mundialización humana y la mundialización ecozoica. Vamos a considerar hoy la primera edad, hegemónica en los días actuales. La llamo tiranosáurica porque su virulencia guarda analogía con los tiranosaurios, los más voraces de todos los dinosaurios. En efecto, la lógica de la competición, sin ningún atisbo de cooperación confiere rasgos de impiedad a la mundialización imperante. Excluye a cerca de la mitad de la humanidad. Chupa la sangre de las economías de los países débiles y atrasados, lanzando cruelmente a millones y millones al hambre y a la inanición. Cobra costos ecológicos de tal monta que pone en peligro la biosfera, pues poluciona los aires, envenena los suelos, contamina las aguas y quimicaliza los alimentos. No frena su voracidad tiranosáurica ni frente a la posibilidad real de imposibilitar el proyecto planetario humano. Prefiere el riesgo de muerte a la reducción de sus ganancias materiales. Este modelo de mundialización excluyente puede bifurcar a la familia humana: por un lado un pequeño grupo de naciones opulentas chapoteando en consumo material con una espantosa pobreza espiritual y humana, y por otro, las multitudes barbarizadas, entregadas a su propia suerte, carbón para el funcionamiento de la máquina productiva y condenadas a morir prematuramente, víctimas de la famine, de las enfermedades de los pobres y de la degradación general de la Tierra. Hay mil razones para oponerse a este tipo de globalización. No puede eternizarse al precio de destruir el futuro de la especie. No obstante sus contradicciones tiene mucho de positivo: creó las condiciones previas para las edades humana y ecozoica de la mundialización, que consideraremos la próxima semana.
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