| Fútbol y filosofía En estos días, hablar de otra cosa que no sea fútbol es condenarse a ser irrelevante. El fútbol aparece como realidad seminal. Moviliza todos los chacras, desde el de los instintos más primarios hasta el del éxtasis. Por eso, además de ser el deporte más apreciado del mundo, representa una metáfora poderosa para cosas de mayor importancia. En mis reflexiones descubrí, entre otras, tres dimensiones fundamentales. En primer lugar, en cuanto juego, el fútbol surge como la metáfora más adecuada para entender el universo. Así hablan cosmólogos como Reeves y físicos cuánticos como Bohr. Los antiguos imaginaban el universo como una pirámide estática que culminaba en Dios. Los modernos, a la Newton y Galileo, lo representaban como un reloj que obedece a leyes deterministas. Los contemporáneos, venidos de las ciencias del caos y de la complejidad, lo proyectan como un juego donde todos los vectores y factores se inter-retro-relacionan, constituyendo un juego que obedece al principio de la indeterminación de Heisenberg. Del vacío cuántico, saturado de energía primordial, emergen, como en un juego incesante, unas energías que se consolidan, y entonces se llaman materia, o que forman campos energéticos o mórficos, y entonces se denominan función de onda. En el fútbol no hay asistentes pasivos. Todos participan, jugando o apoyando. Al igual que en el universo, en el fútbol no se puede prever el desenlace. El más débil, Senegal, puede vencer al más fuerte, Francia. Pero aún hay más: el fútbol nos recuerda la ley suprema del universo. Ésta no es la selección natural con la victoria del más fuerte como quería Darwin. Si así fuera, los dinosaurios estarían por aquí. La ley suprema del universo, atestiguan los que piensan que todo el universo -no sólo los organismos vivos- está en evolución, es la cooperación de todos con todos. La sinergia y la simbiosis, es decir, la capacidad de consorciarse, de adaptarse unos a otros, de establecer redes de solidaridad entre todos para que todos, también los más débiles, puedan vivir y ser incluidos: es el eje articulador de todo. Para convencerse de esto, basta leer el libro de John F. Haugt Dios después de Darwin, donde se refutan de manera convincente las tesis neodarvinianas. Ahora bien, el fútbol es el arte y la técnica de articular sinfónicamente 11 jugadores, formando un equipo, y no la suma de cracks buscando el gol cada uno por su lado. Sin cooperación creativa entre todos, jugadores, técnico y afición, el gol no llega ni irrumpe como un volcán de las gargantas de la afición. Finalmente, el fútbol configura el ideal de toda sana economía, con la cual soñamos: el libre comercio con igualdad, cosa que el capitalismo niega continuamente. El capitalismo quiere el comercio dentro de la más voraz competencia. Ésta sí es puramente darviniana: reconoce sólo la victoria del más fuerte, generando desigualdad. Liquidando la igualdad, acaba también con la libertad de los otros, reservándola sólo para el vencedor. Para mantener la igualdad son necesarias reglas y disciplina que limiten la voracidad de la competición. Todo esto nos enseña el fútbol. Todos los jugadores son igualmente importantes. Las reglas son claras y la disciplina permite que se desarrolle el juego. Sólo dentro de esta condición previa el gol es válido. Cuando apoyamos y celebramos nuestras victorias ¿no cabe pensar en todo esto y alimentar nuestros sueños mayores?
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