| Fútbol, fiesta de la liberación Cada pueblo necesita un espejo donde poder mirarse, alimentar su auto-estima y entrever su mañana. Como nación periférica y atrasada por haber sido un día colonizada y seguir siendo permanentemente recolonizada, Brasil está obligado a mirarse en el espejo de los otros; tiene su propio espejo empañado o roto. Un renombrado sociólogo, después presidente, nos convenció, hace tiempo, de que la dependencia, antes que ser una teoría sociológica, representa el hecho brutal de quitar de nuestras manos la capacidad y los medios de diseñar nuestro propio destino. Siempre dependemos de un proyecto mayor que otros deciden por nosotros (FMI, G-7) y al cual debemos incorporarnos, transformándonos en un inmenso proletariado externo de los países opulentos y explotadores. Antiguamente exportábamos materias primas, enseguida materias semi-manufacturadas, después manufacturadas, y hoy exportamos directamente capital para los países ya llenos de capital, lo que configura, según Marx, la forma más extrema de sobreexplotación. La mayoría de las clases dirigentes brasileras está de espaldas al pueblo y aliada a los poderes transnacionales. Representa aquí dentro al administrador ausente. La consecuencia es perversa: nos transformamos en una realidad-espejo, no en una realidad-fuente. Pero ninguna opresión es completa. Incluso naciendo esclavo, el ser humano permanece libre pues la libertad es ontológica y no puede ser nunca destruida o totalmente aherrojada. Hay siempre brechas por donde se elabora un antipoder, se organiza la resistencia y se concretizan los pasos de una posible liberación. En estas brechas se encuentra el verdadero espejo en el cual el pueblo oprimido se ve a sí mismo, se enorgullece de sus luchas y anticipa, de forma precaria pero verdadera, su porvenir. Son varios los lugares donde se encuentra este espejo que reproduce nuestra imagen auténtica: la religión popular, hecha de sincretismos sólo nuestros, el carnaval, la música popular brasilera y especialmente el fútbol. En estos lugares sociales alcanzamos la convicción de que somos buenos e incluso excelentes y que Brasil va a resultar. Uno de estos valores esenciales, el fútbol, nos propicia la capacidad de integración. Todos entienden de fútbol. Todos opinan. Todos pueden hablar. Todos pueden indignarse cuando sus héroes los frustran. Todos, en el estadio, pueden hacer sus terapias gratuitas, exteriorizando lo que tiene que ser reprimido en la estratificación social rígida y en una vida de trabajo mal pagado. En el ámbito del fútbol, personas del ''pueblo'', tenidas como ceros sociales y económicos, pueden irrumpir como héroes y llegar a brillar como estrellas nacionales e internacionales. En el fútbol podemos mostrar nuestra creatividad y fuerza de improvisación. El buen jugador controla el balón con la perfección con que un técnico de la NASA controla su nave espacial. El fútbol se ha transformado para la mayoría en una especie de cosmovisión. Por el fútbol se interpreta el mundo como algo no cerrado sino siempre abierto, como una realidad cargada de esperanza, pues hasta el minuto último el juego puede cambiar. Es el lugar de la pasión, del sufrimiento, de las oraciones insistentes, de las promesas a los santos, de las alegrías incontenidas, del congraciarse. Al fútbol no se va sólo. Se necesita la peña para comentar, para soltar palabrotas liberadoras, para conmemorar y después ir a tomar una cerveza. En él se encuentra un espejo en el cual nos vemos, quien sabe, como los mejores del mundo, si no de hecho, siempre en la esperanza.
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