| Este mundo insensato acabará Siempre que una cultura entra en crisis, como la nuestra, suscita mitos de fin del mundo y de destrucción de la especie. Se usa un recurso literario conocido: relatos patéticos de visiones y de intervenciones de ángeles que se comunican para anunciar cambios inminentes y preparar a la humanidad. En el Nuevo Testamento este género adquirió cuerpo en el libro del Apocalipsis y en algunos pasajes de los Evangelios que ponen en boca de Jesús predicciones del fin del mundo. Hoy prolifera vasta literatura esotérica que usa códigos diferentes como el paso a otro tipo de vibración y de comunicación con extraterrestres. Pero el mensaje es idéntico: el cambio es inminente y hay que estar preparado. Es importante no dejarse engañar por este tipo de lenguaje. Es un lenguaje de tiempo de crisis y no un reportaje anticipado de lo que va a suceder. Pero existe una diferencia entre los antiguos y nosotros hoy. Para los antiguos, el fin del mundo estaba en su imaginario y no en el proceso realmente existente. Para nosotros está en el proceso real, pues hemos creado de hecho el principio de autodestrucción Y si desapareciéramos, ¿cómo se interpretaría eso? ¿llegó nuestro turno en el proceso evolutivo, ya que siempre hay especies desapareciendo naturalmente? ¿qué dice la reflexión teológica? Rápidamente diría: si el ser humano frustrara su aventura planetaria significaría, sin duda, una tragedia sin nombre. Pero no sería una tragedia absoluta. Ésta ya la perpetró un día. Cuando el Hijo de Dios se encarnó en nuestra miseria, nosotros lo asesinamos clavándolo en una cruz. Sólo entonces se formalizó el pecado original, que es un proceso histórico de negación de la vida. Pero de igual manera se dio la suprema salvación, creen los cristianos, pues donde abundó el pecado superabundó la gracia. Mayor perversidad que matar a la criatura es matar al Creador encarnado. Aunque la especie se matase a sí misma, no conseguiría matar todo. Mataría solamente lo que es. No podría matar lo que todavía no es: las virtualidades escondidas que quieren realizarse. Y aquí entra la función liberadora de la muerte. La muerte no separa cuerpo y alma pues en el ser humano no hay nada que separar. Es un ser unitario con muchas dimensiones. Lo que la muerte separa es el tiempo de la eternidad. Al morir, el ser humano deja el tiempo y penetra en la eternidad. Al caer las barreras espacio-temporales las virtualidades aprisionadas pueden irrumpir en su plenitud. Sólo entonces acabaremos de nacer como seres humanos plenos. Por lo tanto, con la liquidación criminal de la especie, el triunfo de la especie no se vería frustrado. La especie sale trágicamente del tiempo por la muerte; muerte que le concede entrar, gloriosa, en la eternidad. Alimentamos optimismo. Así como el ser humano domesticó otros medios de destrucción, el primero de ellos, el fuego (que originó los mitos del fin del mundo) domesticará ahora los medios que la pueden destruir. No se acaba el mundo, acaba este tipo de mundo insensato que ama la guerra y la destrucción en masa. Vamos a inaugurar un mundo humano que ama la vida, desacraliza la violencia, tiene cuidado y piedad con todos los seres, realiza la verdadera justicia, que nos permite estar, por fin, en el monte de las bienaventuranzas y no degradados en el valle de lágrimas.
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