Entender la violencia

Los actos de violencia sufridos en el estado de São Paulo, especialmente los secuestros y asesinatos de los alcaldes de Campinas y de Santo André, además de indignarnos nos hacen pensar. ¿Por qué la violencia? ¿Cómo salir de su círculo férreo? Ya se han hecho innumerables tipos de reflexión. Quiero presentar, resumidamente, una de un notable pensador francés, René Girard. Vive en los Estados Unidos y ha estado varias veces en Brasil.

Girard dedicó toda su vida al esfuerzo de entender ese mecanismo avasallador. Su esfuerzo de dilucidación, sin embargo, no debe hacernos olvidar el permanente trasfondo de violencia que caracteriza a la sociedad brasilera, marcada por un modelo altamente predatorio de capitalismo que produce en forma creciente cada vez más excluidos. A pesar de eso, hoy es un privilegio ser explotado por ese sistema al precio de una remuneración miserable con alguna seguridad social, pues de lo contrario millones estarían condenados al trabajo informal o al desempleo.

¿Cuál es la singularidad de Girard? Parte de la tradición filosófico-psicoanalítica que afirma que el deseo es una de las fuerzas más estructurantes del ser humano. Su característica es ser ilimitado y orientado a la totalidad de los objetos. Por ser indeterminado, el ser humano no sabe cómo desear. Aprende a desear imitando el deseo de los otros (deseo mimético, en lenguaje de Girard).

Esto puede verse claramente en el niño. Aunque tenga muchos juguetes siempre quiere el juguete del otro. Y surge la rivalidad entre ellos. Quiere el juguete sólo para sí, excluyendo al otro. Pero ocurre que también hay otros que compiten con él deseando el mismo objeto. Se origina un conflicto de todos contra todos. Este mecanismo es paradigmático de toda la sociedad. Se supera la situación de rivalidad-exclusión, dice Girard, cuando todos se unen contra uno que hace de chivo expiatorio. Se le culpa de querer el objeto sólo para sí. Al unirse todos contra él, olvidan la violencia interna y conviven con un mínimo de paz.

En efecto, las sociedades viven creando chivos expiatorios. Los culpados son siempre los otros: el Estado, la policía, los pobres, los terroristas, los antiglobalización y sigue por ahí. No hay que olvidar que el chivo expiatorio oculta la violencia escondida, ya que todos continúan rivalizando entre sí. Por eso la sociedad goza de un equilibrio frágil. De vez en cuando, con o sin chivo expiatorio explícito, la violencia se manifiesta, especialmente en los que se sienten perjudicados y buscan compensaciones. Bien lo expresa Rubem Fonseca en su libro El cobrador. Un joven de clase media empobrecida, obligado por las circunstancias, practica actos ilícitos. Se siente robado por la sociedad dominante y confiesa: “Me deben colegio, bocadillo de mortadela en el bar, helado, balón de fútbol, me deben una chavala de veinte años, llena de dientes y perfume. Siempre tuve una misión y no lo sabía. Ahora sé que si todo jodido hiciese como yo, el mundo sería mejor y más justo.”

Se busca aquí una solución individual para un problema social. En la medida en que permanece individual, no causa gran miedo. Al contrario, los principales causantes de la violencia estructural (las clases dominantes que controlan el tener, el saber y el ser) se sienten más seguras cuanto más duramente se aplican las leyes contra los marginales. Así consiguen hacer olvidar que son ellos los principales causantes de una situación permanente de violencia. Y más aún, vivimos en un tipo de sociedad cuyo eje estructurador es la magnificación del consumo individualista. La publicidad presenta los productos como sacramentos productores de la gracia de la felicidad total. Repite con insistencia que alguien es más alguien cuando consume un producto exclusivo que los otros no tienen. Se crea una relación social violenta, por ser exclusiva. Mientras perdura esta lógica, prosigue el proceso victimario.

Pero el deseo no sólo es competitivo, dice Girard, puede ser cooperativo: todos se unen para compartir el mismo objeto. De competidores se convierten en aliados. Tal propósito supone otro tipo de sociedad, más cooperativa que competitiva, con democracia participativa y no sólo delegada. El camino más corto y seguro para tal propósito es la educación crítica, accesible a todos. Por ella las personas se civilizan, socializan valores y aprenden a no crear chivos expiatorios, sino a asumir por si mismas la construcción de una sociedad en la que todos puedan caber. Entonces, sí, habrá más paz que violencia.