Cristianismo: el mínimo de los mínimos

Si un inmigrante coreano que nada sabe de cristianismo me agarrara por la camisa y me preguntase: ''ven aquí, dime en dos palabras qué es el cristianismo”, ¿qué le diría?

No lo sé. Tal vez para salir de la perplejidad lo mandaría a una favela donde trabajan las Hermanitas de Jesús del Padre Foucauld, entre los más pobres de los pobres. Ahí por lo menos vería lo que puede el cristianismo en términos de amor y compasión con los que más sufren.

O lo mandaría a Ouro Preto para que viese lo que la fe cristiana ha producido en términos de arte. O lo mandaría a oír la misa del Padre Maurício, cantada por los Canarinhos de Petrópolis, para que se dejase tomar por la elevación espiritual que suscita.

Pero él podría replicarme: “deje todo eso, Ud. me presenta solamente expresiones culturales. Quiero saber el mínimo de los mínimos del cristianismo. Qué proponen finalmente los cristianos. ¡En dos palabras!”

Seguramente es posible decir en dos palabras lo que es el cristianismo. Si no ¿qué sentido tendría para una persona común, que no es teóloga? También los cristianos plantean muchas veces esta misma pregunta.

Las Iglesias han complicado tanto la respuesta que ellas mismas han perdido el sentido de lo esencial. Generalmente se anuncian a sí mismas en lugar del cristianismo. O nos presentan el Catecismo de la Iglesia Católica con 744 páginas y 2858 numerales. Ahí se cree que está todo el arsenal de la fe cristiana.

Pero, perdóname Dios mío, no voy a castigar al coreano con ese catecismo. Seguramente saldría corriendo, asustado.

Esta pregunta me lleva al primer siglo de nuestra era, cuando un torturador de cristianos preguntó de improviso a un mártir: ''Al final ¿qué es el cristianismo''? Aquel le respondió secamente: ''Dico tibi mysterium simplicitatis'', te digo un misterio de simplicidad''. ¿Qué misterio es ese?

Las Actas de los Mártires no recogieron la respuesta. Tal vez porque era tan evidente que no valía la pena registrarla por escrito. Pero nosotros, que hemos perdido la inocencia matinal, ya no la sabemos. Por eso la pregunta del coreano sigue siendo válida.

Podemos imaginar lo que el mártir habría dicho: ''Dios nos amó tanto que se hizo uno de nosotros. Y nos amó hasta el final, incluso cuando nos hicimos enemigos suyos, pues lo clavamos en una cruz. Pero, para sorpresa de todos, resucitó al tercer día, y ahora está aquí en nuestro medio. De su boca oímos y de su vida aprendimos: quien tiene amor tiene todo, pues amor es el nombre propio de Dios. Por eso debemos amar a todos, incondicionalmente, como te amo a ti que me torturas y me condenas a muerte.''

Bien, si bajo ''misterio de simplicidad'' entendemos tal cosa, podemos decir que se trata del mínimo de los mínimos. Y esta respuesta honra a los cristianos. Pena que no vivamos conforme a ese minimalismo esencial. Tendríamos menos odios y menos impiedad con los pobres y excluidos.

Hoy, después de tantos siglos, sentimos la necesidad de decirnos a nosotros mismos lo que significa ese ''misterio de simplicidad''.

Por mi parte, repetiría la misma lección del mártir: quien tiene amor tiene todo, tiene a Dios mismo. Y no digo más, pues sería superfluo y rollo de teólogo.