Dos Brasiles: Serra y Lula

La segunda vuelta va a dejar clara la naturaleza singular de esta elección. He dicho en esta columna y fuera de Brasil, hablando en universidades con Emir Sader, Frei Betto y Pinguelli Rosa, que ahora se trata de enfrentar dos proyectos de Brasil. Ese Brasil siempre hegemonizado por las elites, incluso con FHC, elites que construyeron desde afuera hacia dentro y desde arriba hacia abajo un país desgarrado por la mayor injusticia social del planeta, que dio siempre la espalda al pueblo, llegando hasta el desmonte de la nación, como revelaron Yves Lesbaupin y Adhemar Mineiro con datos indiscutibles (O desmonte da nação em dados, Vozes, 2002). Y otro Brasil, reinventado de abajo hacia arriba y desde adentro hacia fuera a partir de los movimientos sociales, de los partidos libertarios y de la Iglesia de la Liberación ecuménica.

El primer proyecto está representado por el candidato Serra. Prolonga el statu quo de ayer y de hoy con las contradicciones que encierra. Internacionalmente se articula con los hombres de Davos, del Foro Económico Mundial, para quienes la economía y el mercado son el eje de todo. El segundo está representado por Lula. Inaugura la ruptura instauradora, encarna el sueño de un Brasil en el que todos puedan caber, sostenido por las fuerzas que se formaron en contraposición a aquella herencia perversa. Su referencia mundial son los hombres de Porto Alegre, el Foro Social Mundial, que tiene como centro la sociedad sostenible.

Los dos candidatos usarán las mismas expresiones, pero sus contenidos serán diferentes. Serra hablará de cambios, que nunca incluirán la naturaleza del poder ni una nueva figura del Estado. Para Lula el cambio es de tipo de sociedad, ahora representado por las mayorías destituidas, garantizando la naturaleza social del Estado, al colocar la sociedad y la sostenibilidad en el centro. Serra hablará de desarrollo siguiendo la lógica acumuladora del sistema imperante capitalista y globalizado que genera los desequilibrios que conocemos. Lula hablará de desarrollo social, partiendo del proyecto hambre cero, pasando por el banco del pueblo y culminando en el presidente del Banco Central, que entiende de hambre. Serra quiere llamar a Lula para un debate de contenidos y de formas de hacer. Puede ser engañoso. Hablan a partir de dos estrellas diferentes. Sólo las palabras son iguales, los contenidos son otros. Y hay una diferencia fatal. Lula trae la esperanza, Serra la resignación. Lula, lo nuevo, Serra, lo remontado. Lula es el carisma, Serra es el poder. El poder sin carisma es pesado y acumula índices de rechazo. Carisma con poder irradia y conquista corazones. Es el caso de la onda Lula. Lula, al igual que Mandela, se ha transformado para muchos en un símbolo. No habla palabras sino cosas. Trasmite credibilidad porque conoce, por haberla sufrido en su piel, la tragedia y la grandeza del pueblo brasilero. Lula es mayor que el PT, es el Brasil a ser reinventado a partir de una nueva base de poder, soporte de una nueva esperanza.

Alcanzado ese estadio, la historia da un salto cualitativo. Irrumpe lo que debe ser. Y lo que debe ser tiene fuerza. Seguramente él vivencia lo que dice el mayor poeta latinoamericano, Pablo Neruda: “Es memorable, y al mismo tiempo desgarrador, haber encarnado para muchos durante un tiempo la esperanza de todo un pueblo.”