Dios se parece a los piojos

Enfrentaba en Argentina un auditorio difícil. Cristianos conservadores, algunos curas reaccionarios, intelectuales orgánicos al sistema imperante. Hablaba de la liberación como respuesta al grito de los oprimidos y de la Tierra depredada. De la necesidad de que el oprimido fuese sujeto de su liberación: oprimido que no conoce las razones de su opresión nunca consigue dejar de ser oprimido. Que debería soñar con un proyecto de mundo diferente a este excluyente. Que debería organizarse para implementarlo. Que todo consistía en dar los primeros pasos. Que todos los que no han perdido todavía el sentimiento de solidaridad y de compasión deberían ser sus aliados. Que la Iglesia, históricamente aliada de los ricos, debería ser ahora aliada de los pobres, porque así lo hizo el Jesús histórico. Y muchos otros ques, ques y ques.

Gasté todo mi latín sin resultados visibles.

Les recordé que el cura José Gabriel Brochero, especie de padre Cícero argentino, ya en el siglo XIX enseñaba: “Dios está en todas partes, pero convénzasen que está más cerca de los pobres que de los ricos. En eso se parece a los piojos, que están más junto con los pobres que junto con los ricos.”

Hermosa y verdadera metáfora.

En la pausa no quise conversar con nadie y salí a la calle para rehacerme de la refriega. Estaba en una hermosa avenida de Rosario, ciudad industrial argentina, hoy totalmente devastada por las políticas neoliberales. La hilera de árboles proyectaba su sombra benéfica protegiéndome del sol casi canicular de la tarde.

Estoy volviendo a la sala de reuniones a fin de continuar la difícil discusión, cuando veo dos señoras, viejitas, elegantes, una apoyada en la otra, que vienen en dirección opuesta a la mía. Pienso: qué tendrán que ver esas dos viejinas con la liberación de los oprimidos. Deben ser ricas y reaccionarias.

Mientas sigo envuelto en estos pensamientos, con cierta mala conciencia, veo que me observan detenidamente. Se acercan y me dicen: “¿Es Ud. quien habló en la televisión hoy a mediodía sobre la liberación? Le vimos y nos gustó. Nosotras no somos pobres. Somos viejas y ricas. Estamos caminando hacia el final de la vida, pero todos los días rezamos por los cristianos liberadores, por los teólogos y por los obispos proféticos. Y rezamos todavía más por los pobres y oprimidos. Somos solidarias con Ud.”

Quedé asombrado. Si la teología no incluye este tipo de solidaridad y este buen propósito que se irradia sobre los otros, ¿de qué liberación estamos hablando?

Estoy convencido de que la tenacidad de los militantes, la cooperación de los aliados, la lucidez de los pastores y la inteligencia de los teólogos se asientan sobre la oración de personas anónimas como esas dos ricas y añosas señoras. Aunque ellas no lo sepan, ni siquiera lo presuman, sus oraciones liberan a los liberadores de su estrechez y, quien sabe, de su arrogancia de seguir la mejor causa y de estar siempre del lado correcto.