Destino de perro

Después de que João Ubaldo Ribeiro contase un domingo de este año la historia del perro Bingo, de Maranhão, tratado en la cárcel como gente, me animé a contar mi historia de cachorro. Sí, la historia de un perro, pasmen, que no quiso ser gente. Tal vez si conociese la historia de su hermano Bingo en tierras de los Sarney hasta se arriesgase a ser gente. Pero lo dudo.

Sucedió en la última semana de junio de 1969, cuando estaba terminando mis estudios en Munich (Baviera). Todos os días iba temprano a la universidad, cruzando un bellísimo jardín, el Parque Inglés, que terminaba prácticamente enfrente del edificio central de la universidad.

En el puente por donde siempre pasaba me esperaba todos los días, durante una semana, un extraño perrillo. En sí no tenía nada de particular. Era un Köter, dirían los alemanes, y nosotros, un perro callejero. Pero allí me esperaba fielmente. Y cuando pasaba, me seguía los pasos hasta que salía del parque. Yo cruzaba la calle, lo miraba como quien se despide, maravillado, y seguía a mis estudios. Él, desaparecía. Como me presumo franciscano y hermano de los animales, también de aquel perrillo, no lo espantaba. Y así me siguió de lunes a viernes. Empecé a preguntarme el por qué de algo tan raro. Como teólogo franciscano descartaba la posibilidad de una reencarnación regresiva. Me vino a la mente otra idea, menos herética, ligada a C. G. Jung, que en esa época yo estudiaba con entusiasmo. Él lanza la hipótesis de arquetipos que brotan en nosotros, ancestrales, cósmicos, vegetales, animales y humanos. ¿No estaría a lo mejor ante un arquetipo ancestral que emergía en ese perro de la calle buscando a un similar que habitaba en mí?

En estos pensamientos andaba yo. Y llegué a discutir las posibles hipótesis con otros estudiantes de doctorado del convento, venidos de distintas partes del mundo, por la noche, entre cerveza y cerveza bávara. Y nos reíamos mucho.

Cierto día decidí poner en claro el asunto con el propio perro. De repente, giré hacia él y le pregunté en alemán: Willst Du Mensch werden? que en cristiano significa: ¿quieres ser gente? Y cual no sería mi sorpresa al ver que salía corriendo disparado. De vez en cuando paraba, me miraba, y seguía corriendo. Lo hizo tres veces hasta desaparecer.

Feliz él. Al oír el castigo que quería imponerle, invitándolo a ser gente, escapó como el diablo de la cruz. Me pareció haber escuchado: “ ¿Yo dejar de ser perro y volverme gente? La vida de perro es mucho mejor, no sólo en el Maranhão de João Ubaldo; en cualquier parte del mundo.'' Yo, por ejemplo, envidio a mis dos cachorrillos, de raza fox paulistinha, Bugui y Kika. Ellos no se angustian como yo, juegan todo el día y no les falta comida, médico y cariño.

Quisiera que los niños de mi país tuviesen este destino de perro. Millones de ellos no comen, no tienen médico ni cariño. ¿Por qué? Es una pregunta para reflexionar entre todos, con el presidente Lula y su gobierno. Ahora puedo entender por qué el perrillo bávaro no quiso ser gente. Tendría que dejar el paraíso perruno e ingresar en el infierno terrenal. ¿Hasta cuando dejaremos que los perros tengan mejor suerte que nuestros niños?