Y la Tierra se hizo cuerpo de Dios [correcciones]

Tierra mía querida, gran madre y casa común:
Finalmente llegó tu hora de unirte al Fuente de toda vida. Viniste naciendo lentamente, hace miles de millones de años, grávida de energías originarias.

Tu cuerpo hecho de polvo cósmico, era una semilla en las grandes estrellas rojas. Empezaste a crecer en una galaxia pequeña, la Vía Láctea, en el seno de estrellas rutilantes. Al nacer, una, el sol, se enamoró de ti y te quiso en su casa, junto con otros hermanos y hermanas, Mercurio, Venus y tantos otros planetas. De tu matrimonio con el sol nacieron hijos y hijas, frutos de tu ilimitada fecundidad, desde los más pequeños y sencillos hasta los más grandes y cada vez más complejos. De tu vientre nació la vida con su innumerable diversidad. Y como expresiones de la historia de la vida nos generaste como tus hijos y hijas queridos.

Por nosotros y con nosotros, Tú, Tierra querida, sientes, piensas, amas, hablas, veneras y sigues creciendo para dentro del universo rumbo a Dios Padre y Madre de infinita ternura. De él venimos y para él vamos, con una implenitud que solo él puede llenar. Queremos, Dios mío, sumergirnos en ti y ser uno contigo para siempre.

Y llegó el momento de infinita bienaventuranza. Un hermano nuestro, Jesús de Nazaret, se llenó de unción, te tomó, entera, en las manos bajo la forma de pan y de vino y pronunció la Palabra transformadora que el universo esperaba desde siempre y tú la ansiabas:

"Esto es mi cuerpo, esto es mi sangre". Y lo que era Tierra se transformó en Paraíso, y lo que era vida humana emergió como vida divina y lo que era pan se hizo cuerpo de Dios y lo que era vino se hizo su sangre.

Finalmente, Tierra, con tus hijos y hijas llegaste a Dios. Te hiciste Dios por participación.

"Haced esto en mi memoria". Cada día, Tierra querida, cumplimos el mandamiento del Señor. Repetimos la Palabra esencial sobre ti y sobre todo el universo. Y junto contigo nos sentimos el cuerpo de Dios en el pleno esplendor de su gloria.