| ¿No somos todos dementes? Tras la tragedia del día 11 de septiembre, muchos seguramente se preguntarán, entre indignados y perplejos: ¿qué es finalmente el ser humano? ¿cómo es posible tanta barbaridad en los terroristas, hasta de un doctor en ingeniería por una exigente universidad alemana? ¿serán dementes? Para no desesperarnos es preciso mantener la lucidez. A duras penas, incluso escandalizando a la razón analítica, urge admitir que el ser humano, supercomplejo, comparece como sapiens sapiens y simultáneamente demens demens. Es decir, somos descendientes del sapiens arcaico, en el cual irrumpió por primera vez la inteligencia refleja, hace 200 mil años, y del sapiens sapiens, ya hablante, societario y trabajador, hace 40 mil años. Portadores de afecto, cuidado, inteligencia, creatividad, arte, poesía y éxtasis, ocupamos todo el planeta, comenzamos a expandirnos por el sistema solar y por medio de una nave espacial hemos salido ya de él y entrado rumbo al infinito. La cultura iluminista le ha erigido un arco de triunfo. Ha exaltado hasta las estrellas la sapiencia humana. Mientras tanto la historia deshace continuamente esta imagen magnificadora. Revela a cada momento su lado de demencia, de crueldad, de masacres, de exterminaciones en masa. Se ha revelado como el Satanás de la Tierra. Sólo en el siglo XX han sido masacradas en guerras cerca de 200 millones de personas. La violencia humana excede la de cualquier otra especie, incluidos los tiranosaurios. Su demencia no es ocasional. Configura un desorden original. El homo sapiens es homo demens, asevera con insistencia Edgar Morin, uno de los que mejor nos hace aceptar la contradicción humana. Pero nos cuesta mucho aceptar que somos la unidad de los contrarios, llenos de enternecimiento y simultáneamente inflados de arrogancia. Más que las filosofías, han sido las religiones quienes trabajaron esta contradicción humana. San Agustín, que acuñó la expresión pecado original, repite muchas veces: ''todo hombre es Cristo, todo hombre es Adán'' o en la expresión preferida por Lutero, ''somos simultáneamente justos y pecadores''. Tales expresiones no deben ser tomadas en sentido moral, sino ontológico, es decir, expresan la situación real y objetiva del ser humano como un ser de contradicción. ¿Cómo entender en él la unidad de esas contradicciones que provocan un choque existencial y una sensación de total absurdo como la del día 11 de septiembre? Prescindiendo de las clásicas reflexiones filosóficas y religiosas, estimamos que la contribución de las Ciencias de la Tierra puede darnos alguna luz, siempre y cuando empecemos a pensar cosmológica y biológicamente, cosa que la conciencia colectiva no ha incorporado todavía suficientemente. Todo en el universo y en la vida está hecho de desorden y de orden, de caos y de cosmos, de dia-bólico y sim-bólico. En realidad venimos de un inconmensurable desorden inicial, una explosión fantástica cuyo eco todavía puede ser identificado hoy después de 15.000 millones de años (la radiación de fondo). La evolución se hace a través del esfuerzo de crear orden en el desorden y a partir del desorden. El proceso evolutivo ha mostrado que el caos originario no se revela caótico sino altamente generativo. Origina complejidad, que es la forma como el caos es domesticado y transformado en factor de dinamismo constructor de nuevos órdenes, capaces de hacer del desorden (del desecho), fuente de vida (las estructuras disipativas de Ilya Prigogine). El hecho innegable es que la presencia del caos en nosotros nos hace seres agresivos y dementes, que ningún psicoanálisis consigue curar. Este hecho se impone ante cualquier intento de dilucidación, simplemente pertenece a nuestra realidad de sapientes. La vida resulta de la auto-organización de la materia y la vida humana expresa el alto grado de complejidad alcanzado por la corriente de la vida, de la cual somos tan sólo un eslabón entre muchos otros. Cada célula, por más epidérmica que sea, es portadora de todas las informaciones que construyen la vida, cuya estructura básica es común a todos los seres vivos. El noventa y nueve por ciento de los genes del chimpancé son comunes a la especie homo sapiens demens. Pero ese 1% marca toda la diferencia. Los chimpancés son seres societarios, pero comen sus propias presas. El ser humano, por el contrario, lleva sus presas a determinados sitios y las reparte comunitariamente con sus semejantes. Somos seres cooperativos, cargados de afecto y de voluntad de comunión. Aquí reside la humanitas del ser humano. Aún no hemos nacido totalmente, estamos camino de nuestra verdadera diferencia, de nuestra verdadera identidad. En la medida en que compartimos todo lo que somos y tenemos, inauguramos el reino humano y dejamos emerger lo sapiens sapiens. El desorden en nosotros es herencia del proceso cosmogénico y biológico, la persistencia de la dimensión chimpancé en nosotros. Pero podemos imponer límites a la demencia usando nuestra sapiencia, urdida de cuidado, amorización, solidaridad a partir de abajo, com-pasión, racionalidad y perdón. Lo que ocurrió el 11 de septiembre fue la irrupción de esa demencia originaria que nos aterra, pero que también nos pertenece. Acogerla humildemente es condición previa para controlarla a través del proceso civilizatorio, de la razón y de todas las energías humanitarias del homo sapiens y cooperator. El caos que irrumpió en los Estados Unidos mostrará, como la evolución siempre ha mostrado, su capacidad generativa: muy probablemente hará surgir en la humanidad un nuevo estado de conciencia, que nos alerta: o cuidamos unos de otros de tal modo que todos sobrevivamos en nuestra Casa Común o iremos al encuentro de lo peor. No toca a nosotros decidir qué futuro queremos. Quien conoce la historia de la vida saca de ella esta bienaventurada lección: después de cada gran catástrofe siempre volvió a florecer la vida y floreció como nunca antes. Ahora, así lo esperamos, no será diferente. Floreceremos en más convivialidad, con un mayor sentido de inclusión de todos, con más veneración por la naturaleza, con una mayor acogida de las diferentes tribus de la Tierra y con más apertura a la Fuente de todo o ser.
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