| Navidad, ¿qué Navidad? ¿Qué Navidad podremos celebrar dado el abatimiento establecido en las conciencias humanas por el terrorismo fundamentalista y el terrorismo de la guerra que Occidente hace contra Afganistán? No será la Navidad del lirismo tradicional, reforzado por la propaganda comercial. Será otra, quien sabe, si más próxima al Nacimiento histórico del Hijo de Dios, nacido en la tierra de los palestinos actuales, Belén. Jesús nació fuera de casa, entre animales, en un pesebre ''porque no había lugar para su familia en la posada''. El evangelista Juan dice con infinita tristeza: ''Vino a lo que era suyo y los suyos no le recibieron''. Desde el principio queda definida su misión: estar del lado de los que no tienen tierra, techo, lugar social. A ellos dirige en primer lugar su mensaje. Se identifica con ellos, como se dice en la parábola del juicio final. Del vientre de los pobres continúa naciendo Jesús, el liberador de las gentes. Ellos son el pesebre donde reposa permanentemente. Ellos, hoy como ayer, poseen muchos rostros. En nuestro país son millones los niños abandonados, tantos como toda la población de América Central. Son los 52 millones que pasan hambre. Son los que sufren en las calles, chiquillos que sobreviven de pequeños robos. Son los millones de niñas que se prostituyen para ayudar en casa. Son cerca de 40 millones de negros que cargan en su cuerpo y en su alma el estigma de la discriminación. Son los supervivientes indígenas expulsados de las tierras que siempre fueron suyas. Son los millones de sin-tierra que, como Abrahán, andan por ahí errantes en busca de tierra para vivir y trabajar. Son los obreros empobrecidos, que se consideran privilegiados por ser explotados por el sistema del capital al precio de un permiso de trabajo firmado y de los parcos beneficios de la seguridad social. Son todos esos, tenidos por ceros económicos, los olvidados de nuestra memoria nacional, los hermanos y hermanas más humildes del Hijo de Dios, encarnado en nuestra miseria. Gritan: “Queremos vivir. Queremos ser gente. Nosotros también somos hijos e hijas de Dios. Hasta cuando, Señor, hasta cuando debemos esperar tu venida y, con ella, tu justicia, tu ternura y tu paz.” En Navidad fue escuchado ese grito lancinante. Dios deja su luz inaccesible y su misterio sacrosanto y viene a vivir en medio de los humillados y ofendidos. Se hace un niño que lloriquea entre el buey y la mula. Y les dice: “Vosotros sois mis hermanos y hermanas, hijos e hijas del Padre querido. Quiero ser para vosotros el Emmanuel, el Dios con nosotros. Yo enjugaré todas vuestras lágrimas. Seré la vida y el derecho que buscáis. Mi nombre es Jesús, el Dios liberador, alegría para todo el pueblo.” Pasé por Belén de Judá y oí un tierno susurro. Era la voz de María acunando a su hijito: ''Mi niño, mi Sol, ¿cómo puedo cubrirte con pañales? ¿cómo voy a amamantarte a ti que nutres a toda criatura?” Y José, perplejo, exclamaba: “¿cómo puede? ¿cómo puede tomar forma de niño aquel que da forma a todos los seres? ¿cómo puede hacerse pequeño en la Tierra quien es grande en el Cielo? ¿cómo puede el establo contener a aquel que contiene todo el universo? ¿cómo pueden estar enfajados sus brazos, si su brazo gobierna la Tierra y el Cielo? ¿cómo puede…?” He aquí que apareció en el pesebre “la bondad y el amor humanitario de nuestro Dios”. Ahora ya no se trata del Dios de quien se decía “grande es nuestro Dios e infinito su poder”. Ahora hay que decir: pequeño es nuestro Dios e infinito su amor. Él no temió la materia; se revistió de ella. No receló de la condición humana, a veces trágica y en muchos aspectos, absurda. Entró totalmente en ella para nunca más salir de ella. Por eso, a pesar de las tribulaciones y angustias del tiempo presente todavía podemos celebrar, reunir a la familia, cenar e intercambiar regalos. Para millares, gracias a la Acción de la Ciudadanía y de Navidad sin Hambre, habrá comida en la mesa y alegría en los ojos. Hermanos y hermanas, en este día miremos hacia nuestros “morros” (colinas), a nuestros pobres de la calle. Y miremos profundo: ellos están grávidos de Jesucristo. Él suplica nacer de nuevo mediante nuestra solidaridad, com-pasión y fra-ternura. De nada vale que Jesús nazca en Belén
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