La guerra de los fundamentalismos

Hoy se habla mucho de fundamentalismo. Fundamentalismo del mercado y del proyecto neoliberal, fundamentalismo cristiano, fundamentalismo islámico, principal responsable de los atentados del 11 de septiembre, fundamentalismo de las posturas políticas y bélicas del Presidente Bush. Intentemos aclarar al lector lo que es el fundamentalismo y el peligro que encierra para la convivencia pacífica humana y para el futuro de la humanidad.

1. Cómo surgió el fundamentalismo
El nicho del fundamentalismo se encuentra en el protestantismo americano, surgido a mediados del siglo XIX y formalizado posteriormente en una pequeña colección de libros titulada Fundamentals: a testimony of the Truth (1909-1915). Se trata de una tendencia de fieles, predicadores y teólogos que tomaban las palabras de la Biblia al pie de la letra (para la fe protestante el fundamento de todo es la Biblia). Si Dios consignó su revelación en el Libro Sagrado, entonces todo, cada palabra y cada sentencia deben ser verdaderas e inmutables. En nombre del literalismo esos fieles se oponían a las interpretaciones de la así llamada teología liberal. Ésta usaba y usa los métodos histórico-críticos y hermenéuticos para interpretar textos escritos hace 2 ó 3 mil años. Supone que la historia y las palabras no quedaron congeladas y necesitan ser interpretadas para rescatar su sentido original. Para los fundamentalistas tal procedimiento ofende a Dios. Por razones semejantes se oponen a los conocimientos contemporáneos de la historia, de las ciencias, de la geografía, y especialmente de la biología, que puedan cuestionar la verdad bíblica.

Para el fundamentalista la creación se hizo en siete días. El cristianismo tiene el monopolio de la verdad revelada. Jesús es el único camino para la salvación. Fuera de él solamente hay perdición. De ahí el carácter militante y misionero de todo fundamentalista. Ante otros caminos espirituales es intolerante: están sencillamente errados. En moral es especialmente riguroso, particularmente en lo que concierne a la sexualidad y a la familia, a los homosexuales, al movimiento feminista y a los movimientos libertarios en general. En política exalta siempre el orden y la seguridad a cualquier costo.

El fundamentalismo protestante alcanzó relieve social a partir de los años 50 con las Electronic Church. Predicadores famosos a nivel nacional usaban la radio y la televisión en cadena para sus predicaciones y campañas conservadoras. Bajo Ronald Reagan fueron un factor político determinante. Combaten abiertamente al Consejo Mundial de Iglesias, con sede en Ginebra, que reúne a más de dos centenares de denominaciones cristianas y todo tipo de ecumenismo, tenidos como cosa del diablo.

El catolicismo también posee su tipo de fundamentalismo. Se presenta bajo el nombre de Restauración e Integrismo. Procura restaurar el orden antiguo, fundado en el matrimonio (incestuoso) del poder político con el poder clerical. Se busca integrar todos los elementos de la sociedad y de la historia bajo la hegemonía de lo espiritual, representado, interpretado y propuesto por la Iglesia Católica (su cuerpo jerárquico encabezado por el Papa). El enemigo a combatir es la modernidad, con sus libertades y su proceso de secularización. Expresiones del integrismo moderno son el cardenal Joseph Ratzinger, presidente de la antigua Inquisición, que todavía sostiene la tesis de que la Iglesia Católica es la única Iglesia de Cristo, también la única religión verdadera, fuera de la cual todos corren el riego de perderse. O el arzobispo Marcel Lebfevre, que fundó su iglesia paralela, considerada fiel detentora de la tradición y de la fe verdaderas. Características fundamentalistas se encuentran también en importantes sectores del pentecostismo, también católico, y en las Iglesias evangélicas populares.

2. ¿ Qué es el fundamentalismo?
No es una doctrina sino una forma de interpretar y vivir la doctrina. Es la actitud de quien confiere carácter absoluto a su punto de vista. Siendo así surge inmediatamente un problema de graves consecuencias: quien se siente portador de la verdad absoluta no puede tolerar otra verdad y su destino es la intolerancia. Y la intolerancia genera desprecio al otro, y el desprecio genera agresividad, y la agresividad genera la guerra contra el error que debe ser combatido y exterminado. E irrumpen las guerras religiosas, violentísimas, con incontables víctimas.

No hay ninguna religión más guerrera que la tradición de los hijos de Abrahán: judíos, cristianos y musulmanes. Cada cual vive de la convicción tribal de ser el pueblo escogido y portador exclusivo de la revelación del Dios único y verdadero. Y su fe debe ser difundida en todo el mundo, generalmente articulada con el poder colonialista e imperial, como históricamente ha ocurrido en América Latina, África y Asia.

El fundamentalismo, como actitud y como tendencia, se encuentra en sectores de todas las religiones y caminos espirituales. Hoy en día el fundamentalismo judío se centra en la construcción del Estado de Israel según el tamaño que le atribuye la Biblia hebrea. El fundamentalismo islámico quiere hacer del Corán la única forma de vida, de moral, de política y de organización del estado entre los islámicos y en todo el mundo. Todos los que se oponen a esa visión del mundo son obstáculos a la instauración de “la ciudad de Dios”, en consecuencia son infieles y merecen ser perseguidos y eventualmente eliminados.

3. El fundamentalismo neoliberal y el científico-técnico
El fundamentalismo no posee solamente un rostro religioso. Todos los sistemas ya sean culturales, científicos, políticos, económicos y artísticos que se presentan como portadores exclusivos de verdad y de solución única para los problemas deben ser considerados fundamentalistas. Vivimos actualmente bajo el imperio feroz de varios fundamentalismos.

El primero y más visible de todos es el fundamentalismo de la ideología política del neoliberalismo, del modo de producción capitalista y de su mejor expresión, el mercado mundialmente integrado. Se presenta como la única solución para todos los países y para todas las carencias de la humanidad (todos precisan de un necesario choque de capitalismo, se dice fundamentalísticamente). La lógica interna de este sistema, sin embargo, es ser acumulador de bienes y servicios, y por eso creador de grandes desigualdades (injusticias), explotador o dispensador de la fuerza de trabajo y predador de la naturaleza. Es sólo competitivo y nada cooperativo. Políticamente es democrático, económicamente es dictatorial. Por eso la economía capitalista destruye continuamente la democracia participativa. Donde se implanta, la cultura capitalista crea una cosmovisión materialista, individualista y sin cualquier freno ético. Hay teóricos que presentan esta etapa como el fin de la historia. No habría alternativa para ella. Es urgente insertarse en ella, en caso contrario se pierde el ritmo de la historia. Condenarla es ser marginado o excluido. Tal es el pensamiento único y la dictadura de la globalización, especialmente la económico-financiera (considero esta etapa como la edad de hierro de la mundialización), hegemonizada por las potencias occidentales.

Otro tipo de fundamentalismo aparece en el paradigma científico moderno. Está asentado sobre la violencia contra la naturaleza. Ya decía Francis Bacon, padre de la metodología científica moderna: hay que torturar a la naturaleza como lo hace el inquisidor, hasta que entregue todos sus secretos. Se impone este método, fundado en el corte y en la compartimentación de la realidad una y diversa, como única forma aceptable de acceso a lo real. Se desmoralizan otras formas de conocimiento que van más allá o se quedan más acá de los caminos de la razón instrumental-analítica. Sucede que el proyecto de la tecnociencia gestó el principio de autodestrucción de la vida. La máquina de muerte ya construida puede poner fin a la biosfera e imposibilitar el proyecto planetario humano. En la guerra bacteriológica basta medio kilo de toxina del botulismo para matar a mil millones de personas.

4. El fundamentalismo político de Bush y de Bin Laden
En los días actuales asistimos aterrados a dos tipos de fundamentalismo político. Uno representado por el presidente de los Estados Unidos, George W. Bush, y otro por Osama Bin Laden. El presidente norteamericano urde sus discursos en el mejor código fundamentalista: la lucha es del bien (América) contra el mal (terrorismo islámico). O se está contra el terrorismo y por América o se está a favor del terrorismo y contra América. No hay matices ni alternativas. El ataque terrorista no fue contra los Estados Unidos sino contra la humanidad, y supone que ellos son la humanidad. El proyecto inicial de guerra se llamaba Justicia Infinita, término que usurpa la dimensión de lo divino. Mas tarde, con menor arrogancia, pero con lenguaje de utopía se llamó Libertad duradera. Termina sus intervenciones con “God saves America”. Hace decenas de años que la política exterior de los Estados Unidos maltrata a las naciones árabes haciendo pactos con gobernantes despóticos (algunos emiratos árabes ni siquiera tienen constitución) en razón de garantizarse el abastecimiento de petróleo. Desde 1991, con ocasión de la guerra contra Irak, ya han muerto en ese país cerca de 1 millón de niños a causa del embargo contra el abastecimiento de medicamentos y un 5% de la población en los bombardeos sistemáticos.

La actuación en el conflicto entre Israel y Palestina es por parte de los Estados Unidos visiblemente unilateral, a favor de los ataques devastadores que la máquina de guerra israelí mueve contra la población palestina que usa piedras (intifada). Arabia Saudita, territorio sagrado del islamismo donde se sitúan las dos ciudades santas de Meca y Medina, está ocupada por una poderosa base militar americana. Tal hecho es para la fe islámica tan vergonzoso como para un católico tolerar la Mafia en el gobierno del Vaticano. Cosas así acumulan amargura, resentimiento, revuelta y voluntad de venganza. Es el fermento del terrorismo musulmán cuyos nefastos efectos todos vimos y condenamos.

No menos fundamentalista es la retórica de los talibanes y de Osama Bin Laden. Éste también coloca la guerra entre el bien (islamismo) y el mal (norteamérica). En su famoso discurso después del atentado, divide el mundo en dos campos: el campo de los fieles y el campo de los infieles. ''El jefe de los infieles internacionales, el símbolo mundial moderno del paganismo, es Norteamérica y sus aliados.'' El atentado terrorista significa que ''Norteamérica fue atacada por Dios en uno de sus órganos vitales -Gracia y gratitud a Dios''. La cultura occidental como un todo es vista como materialista, atea, secular, anti-ética y belicista. De ahí el rechazo a dialogar con ella y el deseo de estrangularla en nombre de Alá mismo.

¿En nombre de qué Dios hablan ambos? No es seguramente en nombre del Dios de la vida, de Alá, el Grande y Misericordioso, ni en nombre del Padre de Nuestro Señor Jesucristo, el de la ternura con los humildes y la opción por los oprimidos. Hablan en nombre de ídolos que producen muertes y viven de sangre.

Es propio del fundamentalismo responder terror con terror, pues se trata de dar la victoria a la única verdad y al bien y de destruir la falsa ''verdad'' y el mal. Es lo que ambos, Bush y Bin Laden, han hecho. Mientras predominen tales fundamentalismos estaremos condenados a la intolerancia, a la violencia y a la guerra y, en caso límite, a la amenaza de destrucción de la biosfera.

5. ¿Cómo convivir con el fundamentalismo?

No es hora de reír ni de llorar, sino de tratar de entender. Todos los fundamentalismos, no obstante su variado matiz, poseen las mismas constantes. Se trata siempre de un sistema cerrado, hecho de claro y oscuro, enemigo de toda diferenciación y ciego frente a la lógica del arco iris donde la pluralidad convive con la unidad. Cada verdad se encuentra encadenada indisolublemente a otra. Si se cuestiona una, todo el edificio se derrumba. De ahí la intolerancia y la lógica lineal así como su fuerza de atracción para espíritus sedientos de orientaciones claras y de contornos precisos. Para el militante fundamentalista la muerte es dulce, pues transporta al mártir directamente al seno materno de “Dios”, por lo que la vida es vivida como oportunidad de cumplir la misión divina de convertir o exterminar a los infieles. El grupo es la casa de la identidad, el puerto totalmente seguro y la confirmación de estar en el lado correcto.

¿Cómo enfrentar a los fundamentalistas? Son prácticamente inaccesibles a la argumentación racional. Ni aún así se debe renunciar al diálogo, a la tolerancia y al uso de la razón para mostrar las contradicciones internas, subyacentes al discurso y a la práctica fundamentalista. Por detrás del fundamentalismo político suele haber una dolorosa experiencia de humillación y de sufrimiento prolongado. Y procura infligir lo mismo al otro, lo cual es manifiestamente contradictorio. Traer al fundamentalista a la realidad concreta, llena de contradicciones, claroscuros y matices puede generar en su interior inseguridad y duda, que tienen una función terapéutica: abrir una rendija a la luz en el muro de las convicciones cerradas y excluyentes. Dialogar hasta quedar exhaustos, negociar hasta el límite último de lo razonable, puede llevar al fundamentalista a reconocer al otro su derecho a existir y la contribución que puede dar para una convergencia mínima en la diversidad.

Estamos en una encrucijada de la historia humana: o se crean relaciones multipolares de poder, equitativas e inclusivas, con fuertes inversiones en la calidad total de vida para que todos puedan comer, vivir con dignidad y apropiarse de la cultura para poder comunicarse con sus semejantes preservando la integridad y la belleza de la naturaleza, o iremos al encuentro de lo peor, quien sabe si al mismo destino de los dinosaurios. Armas para eso existen, y sobra demencia. Es urgente más sabiduría que poder y más espiritualidad que acumulación de bienes materiales. Entonces los pueblos podrán abrazarse como hermanos en la misma Casa Común, la Tierra, e irradiaremos como hijos e hijas de la alegría y no como condenados al valle de lágrimas.