¿El fin de la inocencia y de la arrogancia norteamericanas?

Entre tantas lecturas posibles, la tragedia del 11 de septiembre puede ser leída también como el fin de la inocencia y de la arrogancia norteamericanas. Alimentadas por la pujanza económica y sustentadas por el aparato industrial-militar fueron alcanzadas en su centro. Las imágenes-símbolo del poder militar (Pentágono), económico (las torres gemelas) y político (Casa Blanca) fueron blanco de amenazas y ataques con efectos aterradores.

Se destruyó esa seguridad ingenua de ser la potencia invulnerable, agravada por la acción del arma invisible del ántrax. Los EU fueron bajaron a la realidad común a todos los mortales y a lo efímero de toda construcción humana. La inocencia terminó. Ahora a través del sufrimiento, de rumiar los muchos porqués, de identificar sus errores podrán lograr una segunda inocencia, modesta, crítica y solidaria con todos los co-habitantes de la única casa común que tenemos, el planeta Tierra.

Además de perder la inocencia otro duro golpe vino a añadirse a la notoria arrogancia de la política norteamericana. No lo decimos nosotros, lo dicen los representantes de la masa crítica más aguda de los EU, como Noam Chomsky, Richard Rorty, Susan Sontag y otros. Esa arrogancia adquirió cuerpo en sus muchos comportamientos unilaterales aislados: los EU prescindieron de aliados o los subordinaron como los miembros de la OTAN, pasaron por encima de las decisiones de la ONU, no suscribieron tratados importantes para un futuro pacífico de la humanidad, como los tribunales que juzgan crímenes contra la humanidad (Pinochet), las medidas contra el racismo, contra la limitación de armas químicas y bacteriológicas, las medidas para preservar la biosfera (protocolo de Kyoto), y otras más. Como potencia hegemónica y única en la escena mundial se comportaba como los reyes absolutistas del siglo XVIII, es decir, desligada de las leyes y normas que ordenan el concierto de las naciones.

Para defender los intereses privados de sus grandes corporaciones, especialmente los del petróleo, entendidos como intereses colectivos de los EU, hicieron alianzas con gobiernos corruptos y sanguinarios en América Latina y en Oriente Medio. Apoyaron mediante la CIA y el FBI acciones terroristas y fueron cómplices de asesinatos de líderes políticos. Castigaron a países enteros, encasillados como parias o bandidos, como Libia, Sudán e Irak.

Esta arrogancia ha sido ahora destruida en sus fundamentos. En realidad es la marca común a todos los imperialismos y fundamentalismos, es decir, constituye la actitud de todos los que se juzgan portadores exclusivos de la verdad o de una misión única en la historia. Especialmente arrogantes son los líderes religiosos que pretenden tener el monopolio de la verdad y de la recta moralidad. Mas la arrogancia política de quien se juzga el mayor, el inexpugnable, el que define los destinos del mundo y el posible exterminador del futuro es la más amenazadora de todas. Por las acciones odiosas que practicaron por todo el mundo, los EU se hicieron odiosos en los últimos años, acusan reiteradamente sus propios críticos internos.

Es importante captar cómo surge la arrogancia y a qué dinamismo obedece. Seamos sucintos. En el proceso cosmogénico que abarca también la formación de las sociedades humanas se constatan, nos enseñan eminente cosmólogos dos fuerzas estructuradoras: la autoafirmación, sin la cual no subsistimos como individuos, y la integración junto con los otros en un todo mayor sin el cual no garantizamos la sostenibilidad de la especie. Las dos fuerzas actúan coordinadamente para garantizar la parte y el todo. Si prevalece la fuerza autoafirmativa en detrimento de la integrativa irrumpen procesos de desprecio de los otros y, a nivel humano, la inflación del yo personal y colectivo. Aquí reside la clave de la arrogancia como exceso de autoafirmación (el mayor pecado para los griegos, hybris). Si predomina la fuerza de integración desaparece la singularidad de los individuos y el todo subsume en sí todas las diferencias en un bloque monolítico y aglutinador. Es el imperio de la dominación despótica.

La historia, hecha por seres sapientes y simultáneamente dementes, oscila entre la arrogancia que rebaja a los demás y la integración que anula las diferencias. Hasta hace poco asistíamos al predominio de la arrogancia norteamericana. Eliminada, busca ahora el camino correcto de las alianzas con todos los demás. Queda por saber si construye una integración que respeta diferencias y construye convergencias en la diversidad o representa una nueva estrategia de rescate de la arrogancia resentida para continuar en su lógica.

La Paz duradera, nombre de la intervención militar en Afganistán no puede ser fruto de una guerra con toda su brutalidad, sino la meta a alcanzar mediante la justa medida entre voluntad de autoafirmación articulada con la voluntad de integración de todas las tribus de la Tierra, llamadas a con-vivir y a formar, finalmente, la familia humana que se reconoce como tal después de tantas dilaceraciones.